Versiones de la fiesta

INVERSIÓN, DIVERSIÓN Y SUBVERSIÓN

Rafael Castellanos, teórico y activista

Este texto es solo una versión preliminar que intenta abordar el tema de la fiesta, de su ambigüedad, en sociedades en las que el valor de cambio predomina sobre el valor de uso. La fiesta, que se agota en sí misma, parece un principio en la subversión de esa jerarquía. Al mismo tiempo, como un espacio no solo socialmente determinado sino igualmente enmarcado por esa escala de valores esa subversión no sucede. En el mejor de los casos nos deja ver su posibilidad. En el peor sirve simplemente para confirmar el supuesto “buen” funcionamiento de una sociedad alienada y dependiente del control institucional y de la represión. En su estado preliminar y exploratorio, que me sea permitido dedicarle este incipit a Juan David “el Profe” Ojeda por haber compartido, en la práctica, los aciertos y desaciertos de estos principios de análisis.fiestaROJA

[Imagen: Estrella Negra]

Por definición, la fiesta es un espacio que se sale de la cotidianidad. La fiesta, como los entierros, que usualmente se le oponen como un momento de duelo, son momentos en los que el movimiento cotidiano de la vida se detiene. Paramos un momento, nos liberamos del lugar que ocupamos a diario en la sociedad y podemos considerar de manera general “la vida misma”.

Esto es tal vez más patente ante la muerte del otro, que al referirnos a la posibilidad de la nuestra, nos hace reflexionar acerca de lo que ha sido “mi vida” (no de una manera egoísta sino, muy por el contrario, como la consideración más íntima de la vida misma —la que sucede solamente en primera persona pero según la multiplicidad de todo lo compartido—).
En la fiesta esto sucede igualmente pero de manera “positiva”. En el goce inmediato del presente nos sustraemos a la funcionalidad, al trabajo, a la “lucha diaria” para gozar de un excedente que en el fondo no es otro que el de “la vida misma”. A través del baile, la música y todos los modos del compartir propios de la fiesta lo que se comparte primero es la generosidad misma del compartir (el “hecho” de vivir, el estar-ahí con unos y otros, buenos y malos ratos, etc.). Un vivir que en la rememoración festiva puede aparecer como un estar-obligado a experimentar la tristeza pero también la alegría; una obligación inherente a la vida —que no se reduce exclusivamente a lo que se entiende por “vida humana” sino que incluye, de manera más amplia y precisa, la animalidad—.
Ahora bien, ¿cuál es la experiencia no ya “metafísica” (la fiesta en sí misma, la vida en sí misma, etc.) sino social de la fiesta? Social significa acá: constitutivo de la sociedad, de una comunidad digamos no organizada sino más bien fragmentada en torno a valores e intereses comunes —a divergencias que se pueden también producir como convergencias—. Que las divergencias y las convergencias no se excluyan sino que puedan yuxtaponerse generando justamente inusitados intercambios culturales es algo inherente a la movilidad del encuentro en el que espontaneidad y programa se mezclan de manera indisociable.
La fiesta
y su función social
La fiesta tiene indudablemente una función social en el sistema capitalista. En torno a la fiesta se organiza el tiempo social como tiempo de trabajo, en oposición al ocio. Esto sólo es cierto en la medida en que no tenemos en cuenta la organización económica de la fiesta en la que, justamente, para que unos puedan disfrutar de su ocio, otros tienen que trabajar.
Esto es ya, de manera sorprendente, un reflejo de la sociedad en tanto que se divide entre explotadores y explotados. Las sociedades en las que esta diferencia se constituye de manera esencial y complementaria como dominación de los explotadores sobre los explotados son las que pueden definirse de manera estricta como sociedades capitalistas. Ahora bien, si la fiesta no es tiempo, por así decir, de “ocio puro” sino que requiere una cierta organización del trabajo, ésta es justamente la inversa equivalente del tiempo social “normal” en el que aquellos que “salen de fiesta” tienen que trabajar.
Esto nos deja ver simplemente cómo se articula, en un cierto nivel, la diferencia entre el ocio y el trabajo. No se trata de una oposición simple sino más bien de una estructura circular en la que el tiempo libre es captado en un nuevo ciclo de producción y consumo. De cualquier manera la diferencia entre tiempo de trabajo y tiempo de ocio resulta tributaria de la oposición entre explotadores y explotados. La una solo funciona relativamente a la otra.
Esta “función” social de la fiesta en el mundo capitalista es un punto fundamental en torno al que se juega lo que voy a llamar la maleabilidad social de la fiesta. Con ello quisiera referirme a dos posibilidades de la fiesta, que no se excluyen necesariamente, pero que tampoco se incluyen. La fiesta puede ser un espacio en el que se cuestionan justamente categorías sociales fundamentales de la sociedad de clases (de la división mundial entre explotadores y explotados), como es la oposición entre el trabajo y el ocio, igual de determinante, me parece, que la determinación del trabajo como trabajo asalariado. Pero igualmente la fiesta también puede ser un espacio en el que la rentabilidad y el control social, formas esenciales en las que se prolonga la dominación de una clase explotadora sobre una clase explotada, se afirman y justamente ayudan a la reproducción social de formas sociales que pueden resultar contrarias a la fiesta como experiencia participativa.
La fiesta entonces puede oponerse a sí misma, volverse un lugar de consumo sin goce, de gasto sin participación y en últimas un dispositivo social de control y de re-normalización social. Como instrumento de la sociedad basada en la diferencia entre explotadores y explotados, la fiesta se vuelve lo que se llama desde Adorno una industria cultural y, más allá, un espectáculo en el sentido crítico de Debord.
El espectáculo, en este sentido, no es una cosa, una colección o un conjunto de imágenes sino la forma que toman el conjunto de las relaciones sociales. Esta es también, vale la pena recordarlo, una definición fundamental del capital. Este no es simplemente acumulación sino de manera más fundamental es la dominación del valor de cambio como forma de toda relación social.
El espectáculo como forma de la sociedad capitalista (como elemento dominante de todas las relaciones sociales) antes que imagen o representación significa unilateralidad. Constitutiva de la dominación, de las jerarquías y la explotación como columna vertebral de la sociedad, la unilateralidad es aquello que no admite replica. Como espectáculo, en este sentido específico, las relaciones de unos con otros en la sociedad se encuentran determinadas por la pasividad fundamental propia tanto del televidente promedio como del ciudadano cuya participación política se reduce a dejarse pasivamente representar incluso por aquellos que no lo representan.
El espectáculo es en este sentido formal, la pasividad que ante la representación, cuyo modelo histórico es el altar de la misa, paraliza la participación, la reorienta, la tele-dirige, como aquello que se desvanece en una “presencia” que se vuelve extraña y peligrosa. “Presencia” que sería justamente lo contrario de la totalidad mística.
La pregunta sería entonces si la fiesta en sociedades “capitalistas” puede todavía ser una experiencia participativa y recargar su potencial emancipador. Puesto que es justamente en sociedades donde subsiste básicamente la diferencia entre explotadores y explotados, producción de valor y acumulación del mismo, es difícil pensar que la fiesta, simplemente por su intrínseco valor participativo, pudiese escapar a ser simplemente un instrumento en la reproducción y re-estructuración de la reproducción del control y la dominación de unos pocos sobre los más.
Sin embargo, hay que decir que es justamente en la afirmación de la fiesta como un espacio de participación y de intercambio que podemos aproximarnos a la fuerza subversiva del festejo. La fiesta se contrapone, en su esencia misma, como experiencia participativa, a toda sociedad que se define justamente a través de espacios excluyentes, de legalidades auto-contenidas, de segregación social, económica, racial o de género.
La participatividad
Es en la afirmación práctica de la participatividad, con la necesidad que ésta reclama de espacios abiertos y de espontaneidad social, como la fiesta retoma en sí misma su potencial digamos “liberador” —simplemente en oposición a la reproducción de la alienación social—.
Es importante no confundir acá estos términos, lo liberador y lo alienante, que uso en un sentido social, relativos a una sociedad en su totalidad, con un sentido individual de los mismos. En la fiesta como espacio participativo la ebriedad y la euforia, producida por la música, por el alcohol u otro tipo de sustancias (y “accidentes”, valdría la pena decir, como el “descubrimiento” del L.S.D.), pueden siempre ser la base tanto de una experiencia individual o colectiva que puede ser tanto liberadora como alienante.
En realidad no sabemos cómo pueda ser una fiesta en una sociedad sin clases, es decir en una sociedad ella misma esencialmente participativa. Cabe sin embargo pensar que si el único gesto realmente revolucionario que queda es el de la participatividad como abolición de las clases sociales (de la sociedad de clases), la fiesta tiene que ser intrínsecamente revolucionaria y por ello mismo, necesariamente, un espacio privilegiado como dispositivo estratégico e instrumento de control. Me explico: es justamente como ilusión de participatividad social que la fiesta se vuelve simplemente la postergación y el trasnocho del reclamo concreto de la participatividad —económica, social, cultural— en la sociedad.
Así las cosas, estamos aparentemente ante una enorme paradoja: la fiesta se vuelve al mismo tiempo antesala y diferencia, participación e ilusión de participación. Muy probablemente es imposible separar estos dos aspectos absolutamente. Empero, siempre está ahí, para quien quiera asumirla, la responsabilidad de tender hacia uno u otro aspecto. Siempre está ahí la posibilidad de participar y de crear estructuras, de abrir espacios, de auto-organizarse de tal manera que la fiesta, el carnaval, el festival, pueda ser cada vez más intenso. Es esta intensidad, con su comedia y su tragedia, aquello que produce las fuerzas culturales, los espacios de creación e innovación en medio de todas las otras dinámicas sociales. Y es quizá esta intensidad misma, como fiesta y revolución, la única capaz de anticipar algo de una sociedad más allá de la explotación como factor fundamental y determinante.
Nota: lo anterior no significa que lo que tradicionalmente se entiende por espectáculo tenga que ser excluido de la fiesta cuando ésta, además de atender a la vitalidad que la constituye, busca entender y practicar una crítica de la alienación social en la que TODOS vivimos, necesariamente, inmersos.

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