El conflicto no es violencia

Programa de Paz  – Universidad Pedagógica Nacional

Los colombianos y colombianas, sin razón, hemos identificado el conflicto como sinónimo de violencia. Esta aseveración esta alejada de la realidad objetiva y estudiosa de las contradicciones o discrepancias. El conflicto es un proceso connatural a los seres humanos y surge cuando tenemos formas divergentes de ver y analizar situaciones específicas. La violencia, en cambio, es la degradación última del conflicto. El conflicto enaltece a la especie. Solo es posible discrepar cuando es posible el raciocinar. Con raciocinio hay conflicto, sin raciocinio hay violencia.

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Pensamos que esta confusión inicial es la que nos ha impedido buscar caminos diferentes a la violencia en los esfuerzos que hacemos por superar los enfrentamientos como resultado de políticas de exclusión social y de iniquidad. Así las cosas, durante décadas hemos recurrido sistemáticamente a la violencia como recurso para presionar reformas sociales. Y el Estado también ha utilizado la violencia para rechazarlas y negarlas. Esta situación nos ha llevado a una sin salida: por un lado unos utilizan la violencia para impugnar la soberanía del Estado y el Estado a su vez la utiliza para tratar de recuperar su soberanía.
Por eso es vital el paso que en materia de diálogo político han decidido realizar las dos partes más importantes del conflicto violento que padece nuestra sociedad: el gobierno nacional, por un lado, y la organización armada Farc-ep, por el otro, instalaron la mesa de diálogo en octubre en Oslo (Noruega) y continuarán sus reuniones hasta sus conclusiones finales en La Habana (Cuba).
Esta situación nueva en la vieja confrontación armada entre Estado e Insurgencia es vital porque es el reconocimiento, después de 50 años de violencia, que ya no podemos aceptar el viejo aforismo que “la violencia es la partera de la historia” pues en nuestro caso la violencia sistematizada ha impedido, por lustros, superar las injusticias estructurales o ha bloqueado, bajo el terror, las luchas que ha librado la sociedad colombiana.
Es importante tener en cuenta la historia de los países vecinos donde, como en Venezuela, fueron las organizaciones de amplios y estratégicos sectores poblaciones los que lograron superar las graves deficiencias dejadas por el latifundio y la concentración excesiva de riqueza en las ciudades sin necesidad de recurrir a la violencia.
Persistir en la violencia como metodología política, en pleno desarrollo del siglo XXI, para impugnar la soberanía del Estado o para tratar de recuperar su legitimidad es a claras luces no solo una aberración política, sino una aberración humana.
Es importante que los combatientes incorporen esta última dimensión humanística. La idea más prehistórica es la de creer que la violencia es camino hacia algo. El único camino hacia donde conduce la violencia es a la degradación de lo humano, de lo racional.
Dimensionar el conflicto social en la reunión en los diálogos por la paz en Oslo (Noruega) es reescribir la historia.
Reclamar los espacios políticos para la organización “de la clase popular” es la más alta y comprometedora expresión de una vanguardia armada que decide invertir el curso dialéctico de la lucha y se compromete a ser el más servicial de los factores en beneficio del logro supremo de la sociedad.
La larga historia del país marcada con la acepción de la violencia, como rasgo cultural, tendrá el momento crucial cuando se deseche por completo lo violento, para construir lo alternativo, lo popular, lo público, lo auténtico.
Esta es la esperanza real basada en que no es posible la violencia como práctica política. Tantos años han demostrado que no es posible luchar contra la violencia sin contagiarse.
Los luchadores sociales que recurrieron a la violencia terminaron contagiándose y el nuevo proyecto, esperanzador, justo, luminoso, nace manchado por la sangre y la violencia. Cuando se necesita más transparencia para abordar la construcción del Proyecto de Nación, los engrudos de lo violento marchitan las flores de la esperanza y vuelven turbio y oscuro el más próximo de los horizontes.
En esta tónica estamos. Entonces, habrá necesidad de juntar todas las fuerzas a la tarea de la construcción de lo legal, de lo público y encontrar en la Constitución Política Nacional los principios, herramientas y fundamentos para levantar la edificación prospectiva de un verdadero Estado Social de Derecho y de justicia que haga realidad los sueños más equitativos de los colombianos.
La sociedad está expectante. Al fin, el gobierno y los insurrectos no volverían a usar la violencia como arma política. Los primeros para recuperar soberanía de Estado y los segundos para impugnarla.
Amanecerá y veremos.

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