Relatos de reexistencias: ¡La fama, patrimonio del alma!

CUENTOS SIN FICCIÓN

[ Relato construido a partir de un proceso de vindicación entre 1815 y 1816 entablado por un esclavo. (Antioquia, 1815-1816), en AHA (Archivo Histórico de Antioquia). Colonia, Fondo Negros y Esclavos, t. 29, f. 47119.]

Adriana Quiñones-León
http://afrorexistencias.wordpress.com

Era 7 de noviembre de 1815 y Manuel Antonio Muñoz había llegado a Medellín fugado de la cárcel de Sopetrán, donde había estado preso durante ocho días por un delito que no cometió y por el cual él no estaba dispuesto a estar castigado. No iba para esconderse, no, todo lo contrario, su fuga era un medio para subsanar su buen nombre, herido por una serie de rumores creados por María Antonia Galván y acolitados por su amo, de quien se sentía profundamente decepcionado.

Print[Imagen: Estrella Negra]

Era 7 de noviembre de 1815 y Manuel Antonio Muñoz había llegado a Medellín fugado de la cárcel de Sopetrán, donde había estado preso durante ocho días por un delito que no cometió y por el cual él no estaba dispuesto a estar castigado. No iba para esconderse, no, todo lo contrario, su fuga era un medio para subsanar su buen nombre, herido por una serie de rumores creados por María Antonia Galván y acolitados por su amo, de quien se sentía profundamente decepcionado.
Por eso lo primero que hizo fue entrar a un juzgado de Medellín en el que, para sorpresa de quienes ese día ahí estaban, solicitó ante el protector de esclavos justificación del delito que se le imputaba con pruebas y constancias, demandó a su amo por injuria y solicitó su libertad o por lo menos un cambio de amo, pues no estaba dispuesto a seguir sirviendo a quien emprendió contra él “empresas tan ynfamatorias”. Así, Manuel Antonio emprendía valientemente y sin importar las consecuencias, un largo proceso de vindicación para restituir su honor y conseguir su libertad, pues para él era una verdad irrefutable, y he aquí sus propias palabras: “que la fama aunque sea en persona de ynferior clase es patrimonio del alma, y hace al tanto que la del juez Velasquez y la del dicho señor Capitan que me supone los hechos indebidos”2.
Es decir, que el alma y la fama (que era como una parte refleja de aquélla), hacía iguales a las personas pese a las diferencias de clase o jerarquía social; el alma era la conditio sine qua non de la humanidad, de ahí la gravedad de lo ocurrido. Con aquella afrenta habían roto el espejo que mostraba que él era tan humano como cualquiera que desempeñara un oficio más noble que el suyo.
Ello significaba que para Manuel Antonio la esclavitud era una condición laboral no una condición existencial, de lo cual se desprende el valor de la batalla jurídica que se disponía a luchar, bajo un argumento que tiene como trasfondo un discurso de igualdad entre los seres humanos, entre esclavos y libres, entre jueces, hacendados y los más humildes, por él representados. Manuel Antonio y su proceso de vindicación rasgan la cortina que cubre lo que los de su clase podían pensar al respecto de su condición subordinada.
Manuel Antonio era un hombre mulato, mayor de 30 años, soltero, esclavo de Francisco Castro, armero, y también vaquero en la estancia de su amo. Era un hombre trabajador, honrado y de buena fama, la cual aunque era su patrimonio más preciado —como él mismo expresara— no era el único. Era dueño entre otras cosas de una vaca que con unos ahorros había comprado dos años atrás a Melchor, forastero que iba a Medellín a vender ganado.
Recordemos que el esclavo en la legislación española tenía derecho al peculio como consecuencia obvia de la posibilidad del ahorramiento, este último constituía una medida destinada a generar en los esclavos la sensación de que el sistema era justo evitando su alzamiento3. Así, el ahorramiento exigía el peculio, que era regulado consuetudinariamente, generando la paradoja de la propiedad con propiedades.
Al respecto Lucena Samoral precisa que “el peculium era de origen romano y era un capital laboral de los esclavos derivado de los regalos, de una porción de los sueldos que el esclavo percibía por trabajar fuera de la casa donde estaba destinado o de los ahorros de su ración”4. Este capital laboral “iba aumentando trabajando durante los días festivos” y “el esclavo podía utilizarlo para hacer inversiones o para acumular el dinero necesario para comprar su libertad”5. Por eso era normal que Manuel Antonio, como cualquier esclavo, tuviera posesiones que adquiría e intercambiaba de acuerdo al peculio con el que contaba.
**
Manuel Antonio era soltero, pero con familia. Tenía una sobrina llamada Juana Lucía Hoyos, quien le había pedido que le ayudara a negociar un ternero que tenía para la venta, el cual Javier Galván compró por el precio de once patacones de oro, junto a su vaca que tasó por diez castellanos. El ternero se lo entregó en “la loma quitacalson” y la vaca en “la loma de enmedio del rodeo grande”.
Es decir, que sumado a los oficios en la estancia de Francisco Castro, en la elaboración de armas y en la vaquería, Manuel Antonio era un comerciante ocasional que hacía pequeñas transacciones de compra y venta cuando la oportunidad lo permitía. Además, otra de sus ocupaciones era la de rescatista de ganado, pues a veces los dueños de semovientes perdidos entre lomas y parajes los cuales no conocían tan bien como él, le solicitaban su ayuda para recuperar sus animales a cambio de alguna recompensa. Fue así como Narciso Martínez le pidió su colaboración para encontrar una vaca blanca refundida.
Esos eventos, la venta de las dos reses y la búsqueda de la vaca, fueron los cimientos sobre los que María Antonia Galván tejería su acusación, recogiendo y exponiendo a su conveniencia el testimonio de Javier Galván como comprador y de Montano y Juana Jiménez, quienes lo habían visto tratando de atrapar una vaca blanca como la suya. Llamó también a otros testigos inválidos, como luego se demostraría, pues no repetían más que los rumores por ella alentados, y para rematar había puesto al liberto Nepomuceno Herrera a mentir y decir que había comprado a Manuel Antonio una res. Este falso testimonio fue el cabo suelto por donde se desbarató la coartada de Manuel Antonio como un viejo cuatrero que iba vendiendo las vacas robabas.

***
Su defensa era tan clara como los hechos, no había vendido más que su vaca y el ternero de su sobrina Lucía, además a un mismo comprador. La vaca blanca que intentaba amarrar en una loma fue un encargo de Narciso, pero la soltó pues se dio cuenta de que no era la misma que buscaba. Y por último, el testimonio de Nepomuceno era falso. Eso era lo que quería demostrar y demostró con el proceso de vindicación.
Cómo diría en su defensa Felipe Montes se había:
“culpado a un hombre que suelto de la prisión, habiéndose fugado de la cárcel de Sopetran, no tomase camino, y se internase en provension ulterior, sino que al contrario se presenta al jusgado por el conducto de su procurador general para vindicar su honor manchado con la infamia que se arrastraba, pues asi sucedió. Esta sola premeditación basta para salvar a Muñoz. ¿Cómo era posible que hiciera esos robos enparte donde solo avia una res, y no los hiciera en la casa de su amo donde ay cresidisimo numero de ganado, quando este estaba a su cargo; y quando hay otros esclavos; causas bastante, para que su delito, dado que fuera verdadero, quedara mas oculto, e imposible de averiguarse?”6.
Cuando los testigos fueron llamados a declarar de nuevo, irremediablemente Nepomuceno entró en contradicción admitiendo la verdad, no había comprado ninguna vaca a Manuel Antonio. Por fortuna apareció además el verdadero comprador, José Jiménez.
Este nuevo testigo fue la clave para llegar al verdadero ladrón. Luciano Ortiz, el hijo de María Antonia Galván, era quien había hurtado la vaca para venderla a escondidas. Ahí estaba el enigma resuelto: un hijo que roba a su madre, una mujer decidida a recuperar de cualquier modo su propiedad, un hombre con dignidad férrea que no estaba dispuesto a pagar por un delito que no era suyo ni a aceptar ser deshonrado ni despojado de su fama, el patrimonio de su alma, sólo por su condición de esclavo.

NOTÍCULA: Dado que la resistencia ha sido históricamente criminalizada he encontrado en los procesos penales y civiles de esclavizados, que reposan entre empolvados archivos coloniales, valiosas historias de resistencia. Estos documentos que sobreviven los avatares del tiempo cumplen entonces con la paradoja de ser registros del control a la vez que memorias de las resistencias, desde una perspectiva crítica, política y contemporánea. La presente narración hace parte de una serie de relatos sin ficción, cuyos hechos y personajes inéditos e invisibilizados, son reconstruidos a partir de un cuidadoso trabajo de paleografía y etnografía de archivo… para que las historias que dormitan recobren voz.

NOTAS

2  (Antioquia, 1815-1816), en AHA, Negros y Esclavos, t. 29, f. 47119.

3  Los afrodescendientes eran clasificados como horros, ahorrados, forros o aforrados, si con lo ahorrado en días festivos, o con el dobleteo de las faenas, habían pagado la tasación de su valor como esclavos o el de sus parientes, en tales casos quedaban en una condición intermedia entre los libres y los esclavos, hasta que cumplido un tiempo y ciertos requisitos impuestos por el amo pasaban a la condición de liberto o esclavo manumitido. Para la época de la Ley de manumisión de 1851 la mayoría de esclavos ya habían adquirido la libertad,  por ahorramiento o por cimarronaje (fuga).

4  Manuel Lucena Salmoral, Leyes para esclavos: El ordenamiento jurídico sobre la condición, tratamiento, defensa y represión de los esclavos en las colonias de la América Española, Nuevas Aportaciones a la Historia Jurídica de Iberoamérica (Madrid: Proyectos Históricos Tavera), 2000,147.

5  Manuel Lucena Salmoral, Leyes para esclavos, 22.

6  Manuel Lucena Salmoral, Leyes para esclavos, 23.

7  (Antioquia, 1815-1816), en AHA, Negros y Esclavos, t. 29, f. 47119.

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