La pesadilla de la razón

DESARROLLO Y NATURALEZA

“El sueño de la razón produce monstruos”
Francisco de Goya (1799, grabado n° 43, Serie Caprichos)

Adriana Quiñones-León

RED sueño de la razon produce monstruos

El concepto de desarrollo no es una idea que carezca de raíces, sino que al contrario como discurso hegemónico nodal en la consolidación del paradigma fuertemente establecido de la modernidad es su signo y su medio. El desarrollo está relacionado desde sus inicios con el despliegue de cualidades virtuales hacia su plena efectivización. Así, la idea de physis suponía una naturaleza dotada de una gran dynamis propia, de una potencia vital y expansiva.

Esto significa que cada cosa lleva en sí la regla de su propia evolución, lo que implicaría un desarrollo relativo, no un crecimiento incesante que reduce al pensamiento hegemónico las distintas voces de la historia y de la diversidad de las culturas. El desarrollo así visto deja de ser unidireccional, piramidal y secuenciado en una linea temporal ascendente que terminó por imponerse como única forma válida de experimentar el Tiempo. Y es que desde Galileo y Newton, cuyos aportes son determinantes en la nueva concepción del tiempo lineal, se rompe con la visión cíclica del tiempo. Esta mirada lineal del tiempo como matemáticamente divisible, calculable…en realidad ya funcionaba en las fábricas, en la división del trabajo, en la producción en serie y no es otro que el tiempo de la sociedad industrial.

Así mismo la naturaleza pasa a ser naturaleza extensa, es decir, elemento a dividir, fragmentar, explotar, percepción que la somete a ser un simple recurso, es decir, que la reduce a ser insumo para la dinámica del flujo de capital inherente al modelo económico. Esta visión del mundo provoca el declive de la acepción de recurso que Vandana Shiva nos recuerda con cierta nostalgia, según la cual recurso significa vida que nace, surge, que retoña, que florece. Por el contrario el recurso es hoy todo aquello que se arranca con sevicia del seno de la naturaleza, aquello robado frenéticamente a la tierra, a la que se insiste  en “domar” y se obliga a producir bajo los dictados del mercado. Se pretende un crecimiento económico sin límites en una Tierra que los tiene y a la que bajo ese ritmo se está encaminando a un destino de inevitable agotamiento.

Pero, estos efectos desastrosos sobre la tierra, así como sobre pueblos, culturas ancestrales y seres humanos que suelen clasificar como “no ricos”, “no civilizados”, “no desarrollados”, no son colaterales sino sistémicos, son funcionales al gran engranaje de la gran maquinaria del capital. El “pobre” es entonces no solo funcional sino fundamental para la perpetuación del sistema; la mano invisible se desvela realmente como mito, pues es evidente que actúa en favor de la acumulación desbordada y no del equilibrio, como pretendía Adam Smith, de modo que dicha mano invisible, cuyos hilos en realidad muy pocos manejan, tiene un poder devastador con el cual puede conducirnos hacia el exterminio.

Entonces, la dirección hacia donde apunta la flecha del progreso nos señala un paraje hacia un mundo desolador, lleno de esos monstruos que sólo produce la razón humana. Es cuando la civilización capitalista, que se contempla sin sonrojo a sí misma como un maravilloso fruto de esta razón humana, demasiado humana, se nos manifiesta como una verdadera pesadilla y la sentencia de Goya cobra vida.

Para el sistema imperante se trata de la civilización y los civilizables, cruzada en la que intentan convertirnos a todos en piezas que se ajusten a su ideario, pregonando con su industria cultural que el suyo es el sistema correcto, el verdadero, los demás somos hereje para la nueva inquisición mediática. Así, en virtud de la manera en que ha organizado su base tecnológica el proyecto histórico del capitalismo —su idea de lo válido y de lo verdadero— la sociedad post-industrial contemporánea tiende a ser totalitaria, a apretar bajo su yugo lo diferente.

Y pese a que los procesos de homogenización pretenden hacerse menos resistibles, menos visibles, más silenciosos, a través de la contundencia de la industria cultural y los nuevos panópticos virtuales-electrónicos, expresiones y herramientas de la sociedad del espectáculo (como llamaría Debord a la sociedad tardocapitalista), no queda más que luchar para despertar de tan quimérica fantasía: no sea que para mañana sea tarde. Recordemos que la distopía, el ensueño paralizante, la verdadera barbarie ya están en curso. Las alternativas se tejen entre intersticios y es menester continuar con la construcción de vasos comunicantes para profundizar las fracturas.

 

Un pensamiento en “La pesadilla de la razón

  1. que buen artículo, me encanta la forma como navega por la historia epistémica de la razón dominante en pocos y acertados parráfos…que las estrellas negras sigan birllando!

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