¿Queremos tumbar el poder capitalista o gestionarlo?

PODER Y AUTOGESTIÓN

¿Queremos tumbar el poder capitalista? ¿Cuándo? ¿Cómo? El objetivo del texto es abrir ese eterno debate —¿otra vez?— sin sentar cátedra ni repudiar métodos que históricamente han utilizado los movimientos políticos que han pretendido acabar con el capitalismo y sus estructuras.

H.R.Herzen

Cuba es el ejemplo de que una revolución socialista es posible con sus complejas contradicciones; Bolivia, Venezuela o Ecuador, con sus matices y realidades diversas, nos han planteado la posibilidad de enfrentar al capitalismo desde otras perspectivas que incluyen sus mismas contradicciones —capital, trabajo, propiedad privada, etc.—. Otros ejemplos cercanos son tan descafeinados que más bien son referencia para no repetir. ¿Y lo que no conocemos? ¿Y el poder silencioso? ¿Y el inmenso tejido popular de relaciones que en cualquier momento podrían derrumbar el poder con solo dejar de seguirle el juego?
Uno de los criterios que diferencian los diversos modelos revolucionarios tras el análisis sosegado de las “condiciones objetivas” es el objetivo fundamental de los cambios. El dilema se nos presenta en la forma de entender el poder y su gestión. Más allá de iniciar una discusión —necesaria igualmente pero que no resolveríamos en estas escasas palabras— sobre qué es el poder y sus alcances, reduciremos el debate a dos imaginarios: el poder como gestión administrativa de un Estado y el poder de facto que pueden llegar a ejercer colectivos sin formar parte del Estado.

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El asunto de fondo es el hecho de que las revoluciones priorizan un asalto al poder ejecutivo y un revolcón de las estructuras administrativas que casi milagrosamente redistribuya la riqueza y resuelva las injusticias históricas. Las revoluciones más sólidas serían aquellas que limen los cimientos de los viejos sistemas gota a gota —ayudándose de huracanes si es posible— e inculquen en la población una ética de la gestión pública compartida solidariamente: los equilibrios son débiles y siguen dependiendo de quienes ostentan el timón de la administración pública.

El propósito de esta introducción es dar cuenta de la importancia estratégica de desmontar los cimientos del poder capitalista y democrático —si tiene alguna discusión respecto a cuestionar la “democracia” le recomendamos que analice cómo se desarrollaba y quién participaba en la toma de decisiones en la “cuna de la democracia”—.

Al margen del sistema
Una de las propuestas es desmontar el poder sin mancharnos las manos con él, mirándolo a la cara para demostrarle que no le tenemos miedo, pero dándole la espalda en cuanto a la construcción de vida. Actuemos al margen del sistema, no seamos cómplices de sus dinámicas y servicios, dinamitemos sus cimientos. Fortalezcamos los escenarios de asociación para consolidar redes cooperativas y profundizar en las colectivizaciones. Es necesario extender las redes colectivas para gestionar nuestras propias necesidades pues el capitalismo ofrece unos servicios cuyos resultados lo fortalecen.

Hablamos de potenciar los métodos de salud naturales pues la “sanidad pública” protege a la industria farmacéutica que nos quiere siempre enfermas. Eduquémonos fuera de la “educación pública” que fabrica esclavos obedientes al patrón. Organicémonos para comer sano y fuera del complejo industrial, así también apoyaremos a las redes de producción del campo que luchan contra intermediarios y monopolios violentos. Resolvamos por fuera del mercado inmobiliario nuestras necesidades de tener un techo, hay cientos de maneras y miles de viviendas abandonadas o desocupadas. Intercambiemos nuestros saberes y capacidades en red, desarrollemos nuestras capacidades artísticas fuera del mercado e inventemos la manera de satisfacer nuestras necesidades sin dinero.

Nadie dice que sea fácil. Requiere de una conciencia muy sólida, nada nuevo en este país donde miles de personas han sido capaces de abandonar su vida y sus familiares y amistades. Y sobre todo, de una constancia y una decisión en nuestras cotidianidades que venza contrariedades y resista estigmas. No hablamos de utopías lejanas, se trata de conectar todas esas redes que construyen alternativas de vida al capitalismo y que se esfuerzan por agudizar el apoyo mutuo, ampliar la autogestión y reforzar la solidaridad: dejaremos de depender del capitalismo y sus horrores —no son errores, está todo bien planificado—. No necesitamos esperar a la toma del poder ni a la elección de nuestro partido; puede ser tan constructivo como reconocer proyectos que aunque no tengan “nuestra misma línea política” minan las bases del capitalismo porque no buscan el lucro y favorecen la resolución de las necesidades de barrios y comunidades.

Quizá estamos en un buen momento para ello: ya que no tenemos comida en las ciudades nos tocará ocupar espacios abandonados en las ciudades y convertirlos en huertos del barrio. No tenemos acceso a hospitales; es el momento de recuperar los saberes tradicionales respecto a plantas y terapias holísticas. No tenemos trabajo: quizá sea ya el momento de tomar las riendas de los centros de producción y generar propuestas cooperativas de ingreso económico hasta que dejemos de depender del dinero para vivir.

Ejemplos habría muchos y a la vez nos faltarían muchos ejemplos que seguro conoces para ilustrar estas líneas. Una revolución puede ser un huracán para las estructuras materiales pero un simple soplido para los esquemas mentales que nos anclan a repetir horrores y ser cómplices de lo que nos somete. El proceso es lento porque vamos muy lejos y porque necesita consolidarse fuertemente. Necesitamos revoluciones que generación tras generación alimenten un nuevo sentir en la conciencia y la mentalidad y que instauren la generosidad y el respeto como modelo de vida. Yo me apunto.

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