La descolonización empieza en el propio cuerpo

Daniel Matallana Méndez

Ocupar los lugares de trabajo para transformarlos en lugares de creación, ocupar el propio cuerpo para transformarlo en lugar de placer, ocupar la tierra para implantar en ella una verdadera presencia humana.

Aún no estamos muertos. A pesar de las innumerables muertes cotidianas…: aún no estamos muertos. La existencia nos concede un espacio-tiempo dilatado en el que se renueva la oportunidad de fortalecernos para volver a arrostrar la vida. Como todos nosotros, las siguientes palabras están desgarradas entre la impotencia propia de nuestra época y el anhelo inquebrantable de un espíritu tendiente a la vida. (Después de todo, al fondo de un grito que se apaga se enciende siempre otro más penetrante: UN NUEVO GRITO.)

Hablemos de raíces y de expropiación de territorios. Hablemos de indignación ante las situaciones deshumanizantes. Hablemos entonces de la raíz primera, de nuestra columna vertebral, cada vez más doblegada a los mecanismos generales de emprobrecimiento. Nuestro cuerpo individual refleja el cuerpo social en sus violencias y represiones. En lugar de ampliar sus espacios, sus posibilidades de ser, cada vértebra lumbar, dorsal y cervical se halla oprimida por la desmesurada fricción de sus vértebras vecinas. El trabajo asalariado ha inoculado sus lógicas de dinero y mercancía a nuestra residencia primera. De repente, el cuerpo se ha visto poblado de todo tipo de dispositivos que estandarizan la diferencia y atentan contra nuestra vitalidad: anorexia, bulimia, esquizofrenia, alcoholismo, adicciones al sexo y a las compras inútiles, el sistema nervioso todo a un paso del colapso. No sabemos de dónde se originan estos síntomas; desconocemos el nombre y la naturaleza profunda de nuestra enfermedad.

—Doctor, ¿qué me ocurre? ¿Qué padezco?”
—No sufres nada grave. Tómate esto y retoma tu vida con normalidad.

…Vuelve y juega: silencio y obediencia.

Pero la verdad es que sí estamos enfermos, y enfermos de gravedad. No existe lejanía alguna entre nosotros mismos y nuestro entorno; así como los ríos se sofocan con los plásticos, así como los suelos están exhaustos por el monocultivo, también nuestro cuerpo se halla erosionado por las prácticas de vida que imponen la ciudad y el trabajo. Sin embargo, y a pesar de la indiferencia masiva que nos tienta a cada minuto, sospechamos que la felicidad real no equivale a una abundancia de bienes sino a una abundancia de vida. Vamos pues en busca de esa abundancia desde el cuerpo y sus potencias creadoras. Vamos en procura de una política regeneradora que nos aleje de los falsos medicamentos (los antidepresivos y la coca cola, las ceremonias de moda, la banalización del yagé y del yoga) para confiar nuevamente en nuestra voluntad individual.

Han debido enseñarnos desde pequeños a no tener miedo, a no ser sumisos. Pero crecemos con la inhibición incrustada de saltar con osadía, de viajar sin rumbo, de pronunciarnos con firmeza en nuestro deseo de vivir y ser mejores. Queremos desbordarnos. Queremos ir al encuentro de nosotros mismos. Basta de plantear excusas trayendo a cuento enemigos externos y abstractos (el sistema, el capital, las corporaciones, los otros…). Es tiempo de que cada quien se ocupe de sí mismo: YO SOY EL ÚNICO PROBLEMA. Yo. Esto es, mi cuerpo pensante. De allí se desprenderán las otras pieles a sanar (los afectos, los tejidos sociales y, sólo después, el territorio, la tierra). Es tiempo de reconocer qué nos limita corporalmente para transformarnos y engendrar nuevos comportamientos.

No hace mucho invadían el lenguaje unos muchachos españoles. Su panfleto decía:
Insurgimos en nuestro ambiente como lava de volcán. Queremos irrumpir, no esperar a florecer como las plantas. Somos utópicos, somos unos ilusos. ¡Ilusos! ¡Habéis dejado de soñar! Os habéis hecho mayores, sois tan adultos como un universitario invadido por el tedio con veintipocos años. Nosotros nunca hemos dejado de ser niños. Aún somos salvajes y nos resistimos a que nos domestiquen. Mordemos. Somos utópicos y salvajes. Seguro que pensáis que estamos locos, ¿verdad? Este panfleto es un virus. Se extiende y fluye por el mundo sin límites tejiendo redes de deseos subversivos. Puedes formar parte de él. Es más, puedes ser él. Difúndelo, fotocópialo, regálalo a tus seres queridos. Crea sueños.
Este breve escrito es un cuerpo cuya robusta salud se inspira en dicho espíritu y pretende contagiarlo. Que no sea leído pasivamente. Que no produzca complacencia, mucho menos buen gusto literario. Que produzca ira, que lo lancen a la cara de quienes viven adormilados, que sea roto, quemado, superado. Que ninguno, a solas con sus propias miserias, quede impune de haber entrado en su contacto. Su pregunta crucial podría formularse de la siguiente manera: ¿QUIÉNES QUIEREN VIVIR? ¿Quiénes aquí están dispuestos a participar en la construcción de una verdadera comunidad humana?

Las drogas, los libros, las parejas… son todos catalizadores momentáneos, estímulos a quienes no podemos confiar la realización definitiva del amor. Es urgente vivir con la convicción de que al fondo de nuestras almas nos espera, frágil pero inquieta, una fuerza… Y sólo ella (su descubrimiento) nos pertenece.

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2 pensamientos en “La descolonización empieza en el propio cuerpo

  1. Pingback: Descarga la nueva revista reexistente, julio 2011 |

  2. Muy inspirador!! Muchisimas gracias!!

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