Colombia no soy yo, esquizos somos todos

El resultado del hedonismo narco en Metrallo

por Azurpintado

Y a propósito de audacia, ¿cuándo será que aprovecharemos los confortables parques-bibliotecas o la moderna sala 3D de Explora o el silencioso Museo El Castillo para sentarnos a discutir en serio la posibilidad de legalizar la droga y así darle un golpe severo en la cabeza al narcotráfico? Porque parece que al verdadero problema las autoridades le corren. Les da culillo destapar la letrina mafiosa porque salpica. Y así nunca vamos a salir del mierdero.
Editorial, UniversoCentro, Número 16, Septiembre 2010 http://www.universocentro.com  

Al aproximarnos a la ciudad de Medellín como se aproxima a un sujeto —con todas sus contradicciones e irracionalidades—, si pudiéramos subjetivar una ciudad, la ciudad de Medellín sería un buen ejemplo del pensamiento esquizoide de los habitantes de nuestra Colombia —por no decir de nuestro mundo—.
Por un lado, los ancestros paisas, inmortales recuerdos de lo que se fue, personas nobles y aguerridas, arrieros semos, hombres y mujeres de palabra, en su ley y de buen humor; se diluyen en el arquetipo del sujeto de nuestros tiempos, donde la realidad creada por la cultura del narcotráfico ha permeado los valores y la moral conservadora, llevando a que lo que se connota como ser “bueno” —no colarse en la fila, no espichar un botón para ciegos del semáforo para que cambie más rápido, respetar a padre y madre, pero sobre todo a la progenitora—, se halla distanciado de otras conductas que aunque ética y legalmente sean reprochables para esta moral hegemónica, han sido asimiladas como posibles —normales—; el robo, el asesinato, el tráfico y microtráfico de la droga y su consumo, el porte de armas, las prepago y/o prostitución.
Esta cultura trajo consigo, sobre todo desde la década de los 80, la violencia como elemento trasversal que ha permeado y corrompido la sociedad, sustentado el nuevo Estado y legitimado su ejercicio; como medio más no como fin, como camino inevitable de subsistencia y como estilo de vida. Cuando tu vida como joven no tiene otro futuro sino la guerra entre las diferentes bandas que controlan las lomas donde están incrustadas miles de casas de los marginados por la sociedad, y cuando tu expectativa de vida se limita a la satisfacción de necesidades falsas creadas por la sociedad de consumo que nos permea y delimita, el asesinar a otro joven porque cruzó una calle prohibida es cosa normal.

“I like la guerra” se llama el trabajo discográfico de uno de los grupos de mayor reconocimiento de la Comuna 13 (1). Gusto que no eligieron sino que les tocó vivir y por tal les tocó aprender a amar. El recuerdo de su compañero de grupo asesinado no sólo los inspira, además les amenaza —y no sólo a ellos— con el posible destino. Violencia directa, realidad perversa y descarnada, que además de ser la fuente del amarillismo de la población promedio de Medellín, nos muestra la epidermis de los conflictos degradados hasta los tuétanos que atraviesan y que padecen los habitantes de la ciudad de Medellín.
Esta realidad lógicamente no es la conducta —accionar— de la mayoría de la población de la ciudad, sino de una pequeña parte. Lo que ocurre es que se ha normalizado, por la fuerza de los hechos, el ejercicio generalizado de la violencia como medio para la resolución de los conflictos, pero más allá de eso, como un modo de subsistencia, un estilo de vida. La violencia se ha desbordado y aparentemente no hay nada que hacer.

Y aunque todos sabemos que el eje del conflicto es la mafia y su negocio de la droga no se focaliza y enfrenta, sumado a todas las líneas de exclusión a las cuales están sujetas las poblaciones y en especial los jóvenes, parias, no futuros, cual ánimas en pena que por los callejones y eskalones de las comunas andan vagando. El absoluto —principio y fin— no es el Estado y sus instituciones, el poder lo encarna la mafia corporizada en los jóvenes: carne de cañón a la orden del día, ríos de niños que escurren hacia su juventud por las lomas y que en el vértigo ni siquiera percatan en qué momento se convierten en asesinos.

Todos esos parques-bibliotecas —uno en medio de la Comuna Manrique Nororiental— salas, parques instituidos y demás infraestructura para promover la “cultura” se queda corta frente al monstruo. El Estado del no Estado, donde la ley la hace la fuerza y la juventud es el poder. El hambre de los hombres no se calma solamente con cultura —popular o no popular— lo sabemos desde siempre: sin trabajo no hay futuro, no hablamos de cooperativas donde seamos dueños de los medios de producción, simplemente explotados por un salario. La mierda es que no hay industria, no hay empleo, ni siquiera hay patrón frente al cual someterse, diferente al don Paraco, al don Droga.

Tragedia donde el capital y su moralidad burguesa-humanista se ven mediados-escindidos por el ejercicio de la violencia como ejercicio inevitable, irreductible para su existencias. Los detentadores del poder se acomodaron bajo el árbol del nuevo señor sin importar que su negocio fueran las drogas, las armas y la muerte para el robo de las tierras y su posterior explotación.

La verdad para todos, claro como el día, es que con el “desmonte” de los grandes paras, aquellos amos, dioses y señores que adquirieron el poder en las comunas a sangre y fuego, acompañados en su momento del Ejército Nacional gracias a la renombrada operación Orión —entre otras tácticas de guerra sucia— y en concreto con la extradición de Don Berna, todo el negocio de las ollas, del cobro de las extorsiones al servicio de transporte público y el fleteo y las extorsiones a los comercios, quedó desierto. El vacío de poder que el falente, miope y primario Estado colombiano no pudo ocupar, se lo disputan hoy en día los “combos” de pelaos que son hoy por hoy la ley de la calle en Metrallo Locombia.
Territorio: creemos que es clara la conclusión, es la cantera de la guerra, es la razón y el fin de los actores armados. Las Comunas: las lomas están loteadas por combos armados, pero al mismo tiempo son el escenario del enfrentamiento entre combos por el mantenimiento del poder y en todos los casos la ampliación del dominio de los territorios, fronteras imaginarias que dividen el control de mercados y recursos legales e ilegales, donde la aceptación de la cultura del narcotráfico y todo lo que esto implica en una sociedad plagada de armas ha conducido al control de las poblaciones y los territorios por parte de estos combos acéfalos. Amedrentar a la gente, aterrorizar para controlar a los territorios y las “cadenas productivas” existentes, tener cautivos a los niños y jóvenes, actores de la guerra como mercenarios y sicarios, los cuales más temprano que tarde terminarán como habitantes del barrio de los acostados o como uno más de los miles de colombianos judicializados tanto en Colombia como en el exterior.

Tierra: elemento preciado en el cual se incrustan mágicamente las casas (si se pueden nombrar de tal forma) en las lomas de las diferentes comunas de Medellín. En los eskalones podemos tantearla, medirla, contarla. De mi casa a la tienda, tantos eskalones. De mi casa al límite de mi territorio, tantos eskalones. Tierra: medida entre la vida y la muerte: todo: límite: absoluto.

Adenda: este texto es en homenaje a los jóvenes luchadores de estas tierras, a todos ellos que reexisten a las dinámicas de la guerra desde la cultura, para todos aquellos que hacen del grafo y el verso una trinchera de lucha, para todos ellos que desde sus guetos aguantan la embestida proponiendo, haciendo cultura urbana, haciendo paz.

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1 EskaLones, Grupo de Hip-hop de la Comuna 13 de Medellín. El 6 de agosto del año 2010 fue asesinado el joven Marcelo Pimienta Sánchez de 23 años de edad miembro fundador del grupo juvenil, en el barrio Floresta. EskaLones hace parte de la red Elite de Hip-hop de Medellín y del movimiento Hiphopers por la Paz de Colombia.

Un pensamiento en “Colombia no soy yo, esquizos somos todos

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