Tras las huellas de Dalí el fascista, la inevitable persistencia de la memoria

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Por Juan David Ojeda López y Adriana Quiñones–León[1]

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La Persistencia de la memoria, 1931. Dalí [2]

“Probablemente las fantasías de Dalí son útiles para iluminar la podredumbre de la civilización capitalista, Dalí es un síntoma de la enfermedad del mundo. En realidad deberíamos ser capaces de contener simultáneamente en nuestro entendimiento los dos hechos: Dalí es un buen dibujante y Dalí es un ser humano repugnante. Personas de esta especie son indeseables, y algo malo ha de haber en la sociedad donde pueden florecer[3]”, y en la sociedad donde siguen floreciendo, cabría añadir a George Orwell, pues aunque hace ya más de 5 lustros de la muerte de Salvador Dalí, entre más años pasan, su imagen se erige más heroica, más idílica, una ficción sacralizada, como suele pasar tras la muerte de los iconos de cualquier sistema, pero así mismo, aquella ineludible relación entre arte y política –hoy tan pertinente- le persigue, como la sombra del autor sigue a su obra, y pese al olvido, la persistencia de la memoria insiste en los retornos. Digamos que el caso de Dalí nos sirve como elemento para reflexionar sobre el papel del arte y su relación con lo que acontece en el mundo.

Para empezar, muchos saben que cuando Franco muere nace un rey, pero pocos conocen que cuando Dalí muere nace un mito, un mito creado y cuidado desde el Estado ibérico como parte de la identidad española, el mito del genio irreverente, anarco, apolítico, el amigo entrañable de Buñuel y García Lorca, el padre del surrealismo, el inventor y más grande exponente de los paisajes oníricos jamás construidos, mentiras que siguen repitiéndose sin descanso en la numerosas exposiciones que sobre su obra se realizan en todo el mundo, pasando por alto toda su historia, acercándose a su trabajo con una mirada tan selectivamente higienizada de su vida cercana al franquismo que sorprende, es como si muchos, por las vendas puestas a la memoria colectiva, fueran incapaces de ver su sello fascista, ignorando o pasando por alto las esvásticas en sus obras, la proliferación de imágenes monárquicas[4], la oda a la muerte, la épica a la decadencia humana.

 Recordemos pues en este ejercicio de memoria y de reflexión sobre el arte, que más que un estilo pictórico, ya reconocible en la pintura metafísica, el dadaismo, el cubismo, el futurismo, el surrelismo y más tarde el hiperrealismo, lo que Dalí inventa es un estilo de comercio del arte, en el que él mismo sería el personaje principal, el protagonista de su saga mercantil, un Gran Simulador, como solía decir, o un activista publicitario como otros dirían.[5]

La genialidad de Dalí

En realidad nadie insistió más en la genialidad de Dalí que el propio Dalí, aunque a fuerza de la repetición mediática hoy suele hablarse de su genio como si todo el surrealismo se debiera a él, como si fuese su padre, su inventor, pasando por alto que su gesto creativo está precedido por el estilo de Giorgio De Chirico, y presente también en Max Ernst, Wolffgang Paalen, Yves Tanguy, Kay Sage, sin olvidar a Oscar Domínguez y sus paisajes cósmicos.

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Giorgio De Chirico, Max Ernst, Wolffgang Paalen, Yves Tanguy, Kay Sage y Oscar Domínguez

Más bien, en este sentido lo que hace a Dalí Dalí, es que llevó a cabo un modelo de marketing con el que supo vender este pastiche, modelo de mercado que en cierto modo precedió al de Andy Warhol y el pop art, y que lo llevó a amasar una fortuna como precursor del personal branding con la  marca Dalí. Cabe resaltar que la joyería bajo la autoría de Dalí fue en realidad elaborada por el equipo del orfebre de origen argentino Carlos Alemany, no por sus manos, como popularmente se piensa.

Es a través de este modelo de mercado que el “Yo soy el surrealismo” que Dalí se encargó de pregonar, ha quedado como una verdad de a puño. Qué más surrealista que un artista firmando papel litográfico en blanco a razón de mil ochocientos pliegos por hora,[6] erigiéndose a sí mismo en una industria gráfica, inundado el mercado con toneladas de hojas limpias, listas para los falsificadores, a tal punto, que se estima que un noventa por ciento de la obra de Dalí que circula por el mundo es falsa, o mejor dicho, sólo la firma es auténtica.

Esta costumbre siguió hasta el 79 cuando el mal de parkinson que lo aquejaba le impidió no sólo pintar sino firmar, recurriendo entonces a un tampón diseñado con su huella dactilar con el que podía seguir practicando su misticismo: “Soy místico como todos los españoles. Ser místico es hacer oro” decía. [7]

Dalí y el movimiento surrealista

No en vano, el poeta surrealista André Breton lo bautizaría Avida Dollars, cuando encontró en su nombre lo que parecía si no su esencia, por lo menos una aproximación muy importante a ella.  Avida Dollars es el anagrama de SALVADOR DALI, a Dalí le pareció que el apelativo lo calificaba de manera indicada y así lo hizo saber en múltiples declaraciones, entrevistas, escritos. Por la misma razón su esposa Gala (Elena Ivanovna Diakonova) pasó a ser conocida en el círculo surrealista como La caja registradora.

Pese a todo podríamos decir que más que un impostor, Dalí era un traidor, como él mismo alardeaba, según sus propias palabras: “porque he traicionado a mi clase social, la burguesía, en beneficio de la monarquía y la aristocracia”. Esta tendencia se evidenció cuando España estalla en la crisis de la guerra civil, se desarrolla la segunda guerra mundial en Europa, asciende el fascismo, el franquismo y el nazismo. En ese difícil escenario artistas como Picasso o Miró asumen con valentía un partido bien diferente al de Dalí, uno comprometido con la paz, la libertad  y la igualdad, por lo que de Picasso Dalí solía repetir “Picasso es pintor. Yo también. Picasso es español. Yo también. Picasso es comunistaYo tampoco.”

 Dalí era diferente, es cierto, era demasiado fascista. Dalí, que comulgaba con una especie de derecho divino de los reyes combinada con la eugenesia de Francis Galton, y el descubrimiento de la doble hélice por Watson-Crick, no sólo justificaba la superioridad de sí mismo por obra y gracia de una supuesta genética privilegiada, que lo ponía sobre los demás, sino que de paso justificaba el absolutismo, con la idea de dios como primer origen del poder.

Como en más de una ocasión dijo, muy a su estilo, la monarquía era para él la prueba irrefutable de la validez del ácido desoxirribonucleico y de la existencia de Dios, así como la fuente de su supuesto genio era la estructura molecular del ADN. [8]

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Instalación Dalí. Tema: origen divino de los reyes, árbol evolutivo y modelo helicoidal de Watson y Crick. Dalí. Foto tomada en Teatro-Museo Dalí. Figueres-España

Convenientemente él quedaba con la monarquía en la cúspide de la evolución, por sobre todos los demás, en una mezcla de acción de la naturaleza con  la gracia cósmica divina. Receta peligrosa muy afín a todos los fascismos en boga y que le iba perfectamente para justificar el gozo de privilegios durante el régimen franquista. Por ello, no es irrelevante que entre los 678 tipos de firmas diferentes que Dalí utilizó, algo que obviamente también alentaba las falsificaciones, su firma conocida como “corona liquida” fue de las favoritas, ya fuera con una cruz o una esvástica disimulada entre la A y la L.

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Una de las 678 firmas de Dalí. Corona, esvástica y cruz. Foto tomada en Teatro-Museo Dalí. Figueres, España

Dalí, tal como lo haría previamente hacia 1883 Francis Galton (primo de Darwin y padre de la eugenesia), no se cansaba de decir que la genialidad era asunto de una élite, de un grupito predestinado por la herencia para llevar a cabo el progreso humano, afirmación que no sería la única coincidencia, pues los dos creían que dichas élites debían gozar de privilegios y eran quienes debían trascender mejorando la especie. [9]

Ya Francis Galton repetiría que el hecho de que él y Darwin fueran primos era una prueba irrefutable tanto de su teoría como de que el árbol de la vida podía moldearse, haciendo prosperar algunas ramas e impidiendo el crecimiento de otras, indeseadas, enfermas e inferiores, una poda desde el poder, la biopolítica en acción.

 Cada uno lo expresaría en su época y a su manera. Galton, entre otras cosas, denunció a organizaciones caritativas por salvar a los pobres, que desde su perspectiva eugenésica debían morir, por interferir erróneamente con la selección natural. Dalí por su parte decía que si una catástrofe de ferrocarril ocurriera le causaría mayor satisfacción si supiera que había afectado especialmente a los pasajeros de tercera clase, algo que específicamente le reclamaría  André Breton en su carta del 22 de enero de 1934.[10]

Dalí es expulsado del surrealismo

 En la misma misiva, le reclama su antihumanitarismo, “su defensa apasionada de lo que trataba de hacer pasar por nuevo, por totalmente irracional, en el fenómeno hitleriano, siguiendo la negativa a priori de intentar actuar revolucionariamente en el marco de una organización que se define como revolucionaria” y sigue “Fue mientras le escuchaba a usted, el jueves pasado, en casa de Léon Pierre-Quint, exponiendo de nuevo sus argumentos, perdiendo toda mesura y llegando incluso a loar al gobierno nazi en sus peores exacciones, cuando me pregunté si era admisible que tanto usted como yo continuáramos considerándonos amigos del mismo bando”.

 Como decía Breton, el surrealismo además de ser un movimiento artístico era ante todo un movimiento político, y aquí entendemos lo político en un sentido orwelliano para referirnos al deseo de empujar al mundo en cierta dirección, de alterar la idea que tienen los demás  sobre la clase de sociedad que deberían esforzarse en conseguir[11]. Por eso en el surrealismo no tenían cabida los delirios dalinianos, así que a finales del mismo año Dalí sería expulsado del movimiento surrealista, tras un juicio en Paris en el que firmarían Breton, Brauner, Ernst, Hérold, Hugnet, Oppenheim, Péret y Tanguy el siguiente orden del día:

 “Habiendo encontrado culpable a Dalí, en diversas ocasiones, de actos contrarrevolucionarios tendentes a la glorificación del fascismo hitleriano, los abajo firmantes proponen excluirle del surrealismo como elemento fascista y combatirle con todos los medios”.  En respuesta, Dalí publicaría en marzo de 1937  ‘Je défie Aragon’, contra el movimiento surrealista.

No obstante a esta ruptura, Dalí seguía repitiendo yo soy el surrealismo, estribillo que siguen repitiendo los medios para referirse al “genio”, a la vez que continuaba la lealtad a la dictadura fascista, expresando cada vez que se le presentaba la oportunidad su apoyo a Franco durante la guerra civil española.

Dalí y Franco

No es de extrañar que poco antes de terminar la dictadura, Dalí defendiera las órdenes de ejecución de Franco llamándolo “el más grande héroe de España”, ni que frente a los 120 mil desaparecidos por el régimen declarara a la prensa internacional que se trataba de un acto biológico, de selección natural, no de un acto político[12]. Cada vez que pudo dio declaraciones favorables a Franco usando su popularidad para moderar reacciones contra Franco. Como retribución el 16 de junio de 1956 es recibido por Francisco Franco en el palacio del Prado y el 2 de abril de 1964 el gobierno de Franco le concede a Dalí la Gran Cruz de Isabel la católica.

El pintor Salvador Dalí entragando al jefe de Estado Francisco Franco el cuadro que pintó de la nieta mayor del Caudillo. Dalí dijo que representaba: "en las nubes constantemente cambiantes de la diplomacia se recorta el caballo de la historia que deja ver el horizonte luminoso y el cielo inmutable de la España serena del Caudillo".

Salvador Dalí entregando a  Francisco Franco el cuadro que pintó de la nieta mayor del Caudillo. Dalí dijo que representaba: “en las nubes constantemente cambiantes de la diplomacia se recorta el caballo de la historia que deja ver el horizonte luminoso y el cielo inmutable de la España serena del Caudillo”.

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Francisco Franco y Salvador Dalí en dos de sus múltiples  encuentros

Pero no serían esas las únicas prebendas del régimen con Dalí, el convertirse en uno de sus defensores internacionales trajo consigo múltiples favores, como el derecho a poseer oro para esculturas cuando estaba prohibido la tenencia del metal en España, esculturas que en muchos casos eran adquiridas como una forma de hacerse al oro, lo que le valió varias controversias del contrato con Isidro Clot (su amigo catalán galerista y traficante de arte), sumadas a las de la conocida evasión de impuestos bajo la figura de una residencia en Mónaco comprada para tal finalidad.

En 1969 diría al periodista Antonio D. Olano que “la instauración de la Monarquía en España es un gran paso, que sólo podía dar Franco, con su maravilloso instinto político.”  Seis años después, en 1975, morirá Franco, no sin antes dejar amarrada la reinstauración de la monarquía. Ese 20 de noviembre de 1975, se encontraba Dalí en New York, pero cuando se enteró de la muerte de Franco, según testigos pidió que le dejasen solo: “Y lloró, lloró durante mucho tiempo, como no lo había hecho desde la muerte de su madre, como no lo volvería a hacer hasta la muerte de Gala”.[13]

 En contraposición, cuando su amigo de juventud García Lorca fue asesinado en 1934 por órdenes del franquismo sólo atinó a gritar ¡Olé!, según reconoció públicamente, irónicamente García Lorca había compuesto: “¡Oh, Salvador Dalí, de voz aceitunada! No elogio tu imperfecto pincel adolescente, ni tu color que ronda la color de tu tiempo, pero alabo tus ansias de eterno limitado”[14].

Dalí un día decía ser apolítico y le servía de fachada para al siguiente declarar que una de sus grandes cualidades era haber tenido en su vida al generalísimo Franco.[15] Su postura era insostenible, inconciliable, pero lo cierto, es que el provocador de la mass media no solía incitar al poder, sino servir a éste.

Fue instrumento del franquismo y las derechas, no sólo por su defensa a ultranza del régimen de Franco, sino porque su obra estaba plagada de simbolismos fascistas y ponderaciones eugenésicas. Basta con ver su serie Aliyah, expuesta actualmente en el último piso del teatro-museo en Figueres, un piso fúnebre que con el contexto político daliniano podría ser interpretado como nada sutil apología al nazismo.

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Out of the Depths, the Rebirth of Israel, Serie Aliyah, 1968. Fotos tomadas en Teatro-Museo Dalí. Figueres, España

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En palabras de George Orwell “Está claro que lo que reivindican los defensores de Dalí es una especie de privilegio de fuero. El artista debe estar exento de las leyes morales que rigen sobre la gente común. Sólo hay que pronunciar la palabra mágica ‘arte’ y todo está bien”[16]. También menciona el autor que “la opinión de que el arte no debe tener nada que ver con la política ya es en sí misma una actitud política. Es sencillamente  cuestión del bando que uno toma y de cómo se entra en él.”[17]

El bando tomado por Dalí es pues polémico, al simpatizar con las ideas antisemitas de Hitler, declarar su admiración por Franco, celebrar la alianza de Franco con Hitler y Mussolini. Alardeaba en escenarios que frecuentaba sobre la “solución a la problemática nacional”, tan en boga en los círculos antisemitas y fascistas de ese momento.

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Pintura en que Dalí representa la conocida  como “solución a la problemática nacional” en los círculos fascistas

Todo ello llevo a que Dalí fuera odiado por las fuerzas de resistencia y  democráticas, hasta el punto que los anarquistas en 1976 pusieron una bomba debajo del asiento que habitualmente usaba en uno de sus restaurantes en Barcelona favoritos, porque vale aclarar, Dalí tampoco era anarquista como muchos lo quieren hacer pasar. Después de esto, Dalí, pensó que si ganaban las fuerzas democráticas, tras la muerte de Franco, él y su patrimonio correrían peligro, así que corrió huyendo de Cadaqués, donde en general, la comunidad ni le dirigía la palabra.

Dalí es erigido en un falso héroe  y símbolo 

Ya previamente en 1972, Dalí había cambiado su testamento dejando al Estado español todo, el documento rezaba: “Instituye heredero universal y libre de todos sus bienes, derechos y creaciones artísticas al Estado Español, con el fervoroso encargo de conservar, divulgar y proteger sus obras de arte”. A cambio, grandes exposiciones póstumas y la concesión del marquesado a Dalí de Pubol, un pueblecito de Gerona que no pasaba de los 160 habitantes.

Junto a este compromiso de promover su obra, cuando el Rey Juan Carlos I, nombrado por el general Franco, se convirtió en el jefe de Estado y de las fuerzas armadas en la “democracia” de reciente creación, extendió su protección a todas las figuras principales del fascismo, entre ellos Dalí. Se cumplía su delirio (si se quiere freudiano) del rey como un padre, el corazón de la monarquía volvía a latir para siempre, como en su famosa joya, diseñada para no cesar de palpitar.

 

Fotografías: Juan David Ojeda López

 

[1] Politólogo, antropóloga.

[2] Intervención de Saja.

[3] Fragmentos de El privilegio del fuero. Algunos apuntes sobre Salvador Dalí. George Orwell, 1944.

[4] El ultracatolicismo de Dalí chocó con el anticatolicismo eclesiástico de Buñuel, motivo de su distanciamiento, agravado por la disputa por la autoría de La edad de oro hacia el ´30.

[5] Link comerciales Chocolate Lanvin, Alka Seltzer y vino Veterano: https://www.youtube.com/watch?v=fQBcP7nxsDc

[6] Ver por ejemplo http://elpais.com/diario/1981/03/13/cultura/353286007_850215.html o firmado: https://www.youtube.com/watch?v=eYad7sxMObg

[7] Ver http://elpais.com/diario/1976/08/29/sociedad/210117620_850215.html  o http://www.elhistoriador.com.ar/entrevistas/d/dali.php

[8]  Entrevista a dalí : https://www.youtube.com/watch?v=UJtv7z-TP88

[9] Video de la vida y obra del artista. Casa museo Dalí Cadaqués, España

[10] Carta de André Breton a Dalí del 22 de enero de 1934

[11] Por qué escribo. Georges Orwell, 1946.

[12] Video de la vida y obra del artista. Casa museo Dalí, Cadaques, España. También ver Ian Gibson.

[13] Libro “Dalí. Las extrañas amistades del genio”, de Antonio D. Olano.

[14] Oda a Salvador Dalí. Federico García Lorca. Las negrillas son mías.

[15] Declaración hecha en entrevista concedida a Antonio D. Olano en 1969 durante una visita a su residencia en Cadaqués, España.

[16] Fragmentos de El privilegio del fuero. Algunos apuntes sobre Salvador Dalí. George Orwell, 1944.

[17] Por qué escribo. George Orwell, 1946.

Autor: reexistencia

«Las elecciones pasan, los gobiernos pasan. La resistencia queda como lo que es, una alternativa más para la humanidad y contra el neoliberalismo. Nada más, pero nada menos» Subcomandante Insurgente Marcos

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