Del Padrino al Yuppie

por Alejandro Mantilla Quijano

Los politólogos de la radio reciclaron una reflexión que estuvo de moda hace 30 años: «En Colombia el clientelismo evitó el populismo: la trampa política y la compra de votos evitaron un gobierno fuerte que buscara canalizar las expectativas incumplidas y las demandas de las mayorías».

La tesis mencionada defiende la teoría del mal menor, pues supone que las mangualas regionales, la cooptación de líderes locales, el trasteo de votos —que en realidad es una forma temporal del tráfico de personas— y la repartija de lechona salvaron al país de un gobierno populista que pretendiera aprobar políticas como la reforma agraria, pues las promesas particulares de las redes clientelistas evitaron una política universal transformadora. La juventud imbuida de la renovada pureza política defendida por el Partido Verde gritan: «¡tu conciencia vale más que un traguito y un tamal!», pero lo cierto es que el guarito, el tamal y la lechona defendieron las miles de hectáreas de los terratenientes porque en el capitalismo la propiedad privada vale más que la conciencia.

Los politólogos mediáticos olvidan que el clientelismo político se combina con la violencia sistemática. O tal vez lo que ocurre es que el clientelismo necesita una buena dosis de violencia que garantice lo que la transacción al detal no permite asegurar. La normalidad del régimen implica la combinación de transacciones políticas con los amigos y violencia con los enemigos, una suerte de combinación de las formas de lucha reflejada con la grosera alegoría de una lechona con un orificio de bala en la cabeza.

¿Qué pasó en 2002? Que esa normalidad se combinó con la excepción. La normalidad de la violencia y el clientelismo, lejos de impedir el arribo de un gobierno populista/autoritario, fueron las dos condiciones que lo sustentaron. El nuevo gobierno representó un acontecimiento para las élites: a la violencia y el clientelismo se suma el carisma del salvador que libera del anticristo, librando una guerra santa contra el mal encarnado en la insurgencia. Esa guerra implicó una renovada alianza de clases: las élites bogotanas ya no temieron juntarse con los políticos cercanos al Cartel de Medellín y los clubes antes exclusivos se abrieron para los nuevos ricos: la burguesía se alió con la lumpenburguesía para vencer al enemigo común. Sólo un pequeño sector liberal representó un disenso en las élites del país.

El Estado de lealtad

Así, el jefe de Estado dejó de ser un patriarca liberal o conservador para constituirse en la personificación del salvador de la nación. El régimen político pasó de centrarse en la militancia bipartidista a la lealtad con ese salvador —un finquero que trataría al país como un capataz que ensilla bestias y capa becerros— constituyendo un Estado de lealtad donde la salvación se combinó con el clientelismo sistemático. Si en los regímenes carismáticos la lealtad se basa en seguir a un individuo con caracteres excepcionales como guía o como jefe absoluto, en el Estado de lealtad el carisma se ve aceitado por el juego de las dádivas: los subsidios, las exenciones tributarias, las zonas francas o las notarías aseguran la lealtad que el carisma no garantiza1.

El salvador se mostró como Padrino y, como en la película, cada Consejo Comunal fue similar a la boda de la hija del Padrino donde para asegurar la lealtad debía cumplir los favores de los asistentes a la fiesta. La lealtad implicó incluso renunciar al mandato neoliberal del ahorro y la disciplina fiscal: Familias en Acción pasó de 300.000 a casi 3 millones de familias; el SISBEN dejó de ser un programa focalizado para aquellos que no podían entrar al mercado de salud para convertirse en un factor de intercambio político local, de ahí que se hablara de 5 millones de “colados” en el régimen subsidiado; la agricultura se llenó de subsidios para los terratenientes leales: gracias al programa Agro Ingreso Seguro 464 empresas recibieron $132.000 millones y 15 familias especialmente beneficiadas con $27.000 millones2. El clientelismo dejó de ser una práctica habitual a constituirse como la norma del Estado.

Cuando se habló de reelección perpetua era claro que se intentaba convertir la excepcionalidad populista/autoritaria en la normalidad del régimen. En ese punto las élites se dividieron y varios sectores no siguieron apoyando al Padrino. La caída del referendo reeleccionista avivó la discusión sobre la sucesión: cinco candidatos afirmaron que buscaban la continuidad de las políticas de su antecesor e incluso uno de ellos partió de continuar por la senda dibujada, pero ahorrándose los escándalos y la politiquería.

Lealtad al finquero

A la postre, venció el que se mostraba más leal al finquero apoyándose en la red de lealtades. El Padrino confiaba seguir gobernando en cuerpo ajeno, pero los nombramientos empezaron a mostrar otra cosa: el Ministerio de Hacienda ya no será ocupado por un político tradicional sino por un tecnócrata neoliberal, en la Cancillería se nombrará a una experta en Relaciones Internacionales en lugar de un incapaz y el Ministerio de Agricultura será ocupado por un raro espécimen —un conservador inteligente y honesto— en lugar de los dos sátrapas que lo antecedieron. Algo raro se veía venir cuando nombraron como candidato vicepresidencial a un ex sindicalista y los liberales opositores empezaron a reunirse con el entonces candidato.

Leamos las señales: de la política fiscal de los favores y la clientela se volverá a la disciplina neoliberal, de la guerra santa que bombardea países vecinos se pasará a la diplomacia, de la entrega de subsidios a palmeros vinculados con paramilitares se pasará a la profundización de la apertura comercial, del espionaje a los sindicalistas se pasa a la mano tendida de la concertación.

Pasamos entonces de la lealtad al Padrino a la lealtad con los mercados. Las élites bogotanas se han cansado de estar a la retaguardia de los finqueros y han retomado el comando. La tan cacareada “Unidad Nacional” es la reformulación de la alianza de clases: las élites siguen aliadas con los lumpenpolíticos agrupados en el PIN, pero las familias notables se han vuelto a poner en el timón del Estado.

Los Yuppies han vuelto al poder, pero eso no implica que el régimen cambie. Más bien parece que la excepción finquera llega a su fin para cederle el paso a la normalidad del gobierno neoliberal.

Si las coordenadas de la lealtad han variado, la reexistencia también deberá modificarse. Pero esa es otra historia, que escribirán los pueblos y las comunidades.

1 «Ni estado de opinión, ni Estado de derecho: Estado de lealtad», Alejandro Mantilla Quijano en “¿Continuidad o desembrujo? La Seguridad Democrática insiste y la esperanza resiste”, Bogotá, Plataforma Colombiana de Derechos Humanos, Democracia y Desarrollo, 2009, p 53.

2 «Estas son las quince familias que están en boca de todos en el Congreso, por los subsidios millonarios de Agro Ingreso Seguro». Ver en http://www.lasillavacia.com/historia/5090

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