Víctimas y sujeto político popular

JUSTICIA TRANSICIONAL

Victor Segura

A raíz de la aprobación de la Ley de Víctimas (2011) y los diálogos entre la insurgencia y el gobierno dos temas vuelven al debate público: en primer lugar el tema del conflicto armado interno y en segundo lugar la figura de las víctimas como representación de la población. Estos están enmarcados en el novedoso concepto de la justicia transicional, que disuelve el conflicto armado en una situación de post-conflicto.

poderANANSE[Imagen: Estrella Negra]

Respecto al primer punto parece ser que la Ley de Víctimas era un anticipo al reciente proceso de negociación entre el gobierno y las FARC, proceso de transición de la guerra a la paz beneficioso para ambas partes. Y el segundo, referido a una situación particular de la población civil, en especial de los sectores rurales, redefinida como víctimas, producto sobre todo del desplazamiento forzado.
En relación a este último punto es un avance cualitativo muy significativo. Por ejemplo en relación al periodo de Álvaro Uribe cuando la guerra era representada teniendo como centralidad los asuntos del secuestro, el narcotráfico y el terrorismo y no el problema de la tierra, el campesinado y el desplazamiento.
Sin embargo hay dos aspectos de esta lectura del conflicto y del post-conflicto que nos llaman la atención. En primer lugar, el riesgo de situar a la población civil por fuera del conflicto, es decir, de esta forma se le arrebataría la dimensión social del mismo y la guerra quedaría reducida a la esfera de lo político —según la distinción que hace Gramsci entre sociedad civil y sociedad política—, lo cual nos parece riesgoso, en particular para la insurgencia, pues ya sabemos que para el gobierno lo social es un asunto sin mayor cuidado.
El segundo punto es el referido a la “situación de víctimas” y las limitaciones para la construcción de un sujeto social y político popular desde esta condición. No es de negar el estado de víctimas de muchos campesinos y colombianos, sin embargo no es la única ni la más importante expresión de la población civil y de allí el peligro de construir una identidad exclusivamente a partir de una sola dimensión en soslayo de otras dimensiones más significativas en la potenciación de un sujeto social y político popular. Una primera pregunta sería: ¿qué sectores se benefician con esta victimización de lo social?
Y este es el punto central de esta reflexión y cómo desde la situación instituida de “víctimas” es posible avanzar en la construcción de un sujeto social y político emancipador. Es decir, nuevamente como salir del viejo problema de la representación.
Revisando a Foucault sabemos que existen dos significados de la palabra sujeto. En primer lugar en relación a la sujeción a otro sujeto y en segundo, cuando se redefine al sujeto en su identidad en su proceso de concientización. Ambos significados no son complementarios sino por el contrario son antagónicos. El paso de la primera acepción a la segunda expresa un conflicto y un proceso, una lucha de poderes, una lucha entre un poder que niega a un sujeto y un sujeto que emerge en lucha con el poder instituido. El caso de la víctima siempre se hace con referencia a un otro, al victimario, es decir nos aproxima más al primer significado de sujeto.
Frente a la realidad la víctima siempre está dominada, no se distingue por ella misma, es consecuencia de una situación. Ser víctima puede ser un primerísimo primer paso en la construcción de un sujeto transformador, pero también entraña una situación que puede perpetuarse en la medida que algunos pequeños beneficios para quienes los representan colaboren a su inmovilidad; y dos, en la dirección de una infravaloración de los sujetos por ellos mismos, negándose sus potencialidades revolucionarias.
Desde esta perspectiva y para la comprensión de la categoría sujeto político popular es importante asumir la siguiente dualidad. El sujeto popular tiene que ver con su condición de sujeto subalterno y contrahegemónico a la vez. No son solo “los desde abajo”, sino también los que promueven un “orden nuevo”. El poeta César Vallejo decía que había que tener tanto cuidado del martillo sin la hoz, como de la hoz sin el martillo. En definitiva un asunto de ser y de conciencia.

 

 

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