8M, una historia de luchas que se encuentran

Deja un comentario

Texto e ilustración por Adriana Quiñones León[1]

El 8 de marzo, que se conmemora el Día Internacional de la Mujer, vale la penar recordar. Recordar los orígenes de éste día, su trascendencia y también su vigencia, que no es otra que la vigencia de las luchas, y opresiones, que han encarnado las mujeres en distintos lugares y tiempos. Esa actualidad se pone en evidencia cuando se sigue abordando el cuerpo de la mujer como un territorio en disputa del Estado, el capital y la familia.

Este poder androcéntrico, clerical, se desnuda cuando discusiones sobre el aborto se abordan por colectividades de derecha, medios de comunicación y políticos mediante una óptica de delito-pecado que parece corresponder más a una matriz de pensamiento imbuida en la Inquisición que en el derecho moderno, una matriz donde las consideraciones sobre el aborto lo vinculaban irreductiblemente a la herejía, signo y prueba de brujería, como lo era la partería, agregando consistencia a la telaraña de acusaciones con las que atizaban la violencia genocida contra las mujeres, para mediante la cacería de brujas exterminar de la identidad social femenina su conocimiento, capacidad de producción, y libertad de reproducción.

 

El origen

En un principio, el origen del 8M se vincula a las luchas laboristas de las mujeres trabajadoras del sector textil en EEUU, especialmente NY y Chicago,  y en otras partes del mundo, como Alemania, Rusia, Dinamarca, Francia, Suecia, e incluso Colombia. Recordemos a Betsabé Espinal, quien en 1920 lideró en Bello una huelga de más de 400 mujeres trabajadoras de la Compañía Antioqueña de Textiles, lo que tuvo lugar incluso antes de la fundación del partido comunista en Colombia, en 1930, vinculado a las luchas sindicales de inicios de siglo XX.

En ese contexto de lucha el 28 de febrero de 1909 en Nueva York se reunirán la mujeres socialistas para celebrar por primera vez el Día de la Mujer, la conmemoración recuerda en particular la huelga de 1908 de las mujeres del sector textilero, en la cual más de 15 mil mujeres salieron a las calles de la ciudad a demandar sus derechos laborales, y fueron reprimidas violentamente. También recuerda la muerte de más de 120 mujeres un 8M en una fábrica en NY, evento trágico que algunos ubican en 1908 en la fábrica Cotton Textil Factory mientras que otros lo sitúan un 25M de 1911 en la fábrica Triangle Shritwaist, en los dos casos/versiones el dueño de la fábrica da la orden de cerrar las puertas, condenando a las trabajadoras al fuego. Ese incendio es la viva representación del capitalismo consumiendo el cuerpo de las mujeres a las que arrebata sus vidas, sus cuerpos.

Poco después, en 1910 durante la II Conferencia de mujeres socialistas llevada a cabo en Copenhague, Clara Zetkin, feminista y comunista alemana, entre otras como Lena Morrow Lewis y May Wood Simons, proponen establecer el Día Internacional de la Mujer siguiendo a sus homólogas estadounidenses, y al año siguiente se celebraría por primera vez el día de la mujer en múltiples países, así en 1911 se esparce la conmemoración como fuego en la pradera, que poco a poco fue unificándose también en fecha, inicialmente fluctuante entre finales de febrero y mediados de marzo.

Así, el 8M es símbolo de la multiplicidad de batallas libradas por millones de mujeres a finales del siglo XIX, desde las huelgas de 1857, y que se intensificarían en los albores del siglo XX con innumerables paros, especialmente del sector textil, aunado al movimiento sufragista, así como a un significativo movimiento contra la primera guerra mundial, motivo éste último que llevó el 8 de marzo de 1917 a cientos de mujeres en Rusia a manifestarse en lo que sería el preludio de la revolución soviética, se trataba también de obreras textiles de la ciudad de Petrogrado. Así, cuando Naciones Unidas empieza a reconocer el Día Internacional de la Mujer, en 1975, éste ya había sido instituido por las mujeres socialistas del mundo. Y más bien, es a partir de su institucionalización cuando empezará una banalización de la fecha que perdura hasta el presente, y que pretende reducir la conmemoración a una serie de clichés.

 

El aborto: el cuerpo femenino como territorio en disputa

Pero hay otra lucha que antecede las del 8M que me gustaría destacar, la de las mujeres del medioevo, por el trabajo, contra el cercamiento de la propiedad colectiva, y, ante todo, por el cuerpo. Debemos pues recordar que el aborto ha sido practicado desde tiempos inmemoriales, que la nuestra no es la única especie animal que lo práctica, y que fue sólo hasta la aparición del tribunal de la Inquisición que se genera la estructura mental que pervive en quienes ven en el aborto un pecado que necesita de la intervención del Estado.

Nos es imposible no recordar entre las luchas de las mujeres en todos los tiempos,  las luchas de las mujeres del medioevo, por cuyas prácticas sobre la salud y la enfermedad, así como sobre el cuerpo, la espiritualidad, la anticoncepción y la natalidad fueron sujetas a las más cruentas persecuciones, un genocidio que sigue velado bajo el eufemismo de cacería de brujas, una operación del lenguaje mediante la cual las víctimas quedan deshumanizadas.

Por eso cuando los agitadores antiderechos, que se hacen llamar así mismos  pro vida, enarbolan sus banderas contra el aborto, rememoran pues el tiempo en que el aborto era considerado maleficium, procedimiento que, en palabras de Silvia Federici en su exquisito libro Calibán y la Bruja, “encomendó el cuerpo femenino a las manos del Estado y de la profesión médica y llevó a reducir el útero a una máquina de reproducción del trabajo”.  Así, bajo esta concepción,  la asociación entre aborto y brujería apareció por vez primera en 1484 en la Bula de Inocencio VIII, con lo que quedaría fijada la postura normativa de la Iglesia cristiana de pecado atada a la de delito, y establecida la potestad del Estado sobre el cuerpo femenino.

Ese rumbo que tomaría el aborto en el pensamiento cristiano no cambiaría sino que sería ratificado en diferentes ocasiones, un claro ejemplo de ello es el Malleus Maleficarum , escrito en 1486 por dos monjes inquisidores alemanes en lo que sería el primer tratado criminológico moderno, o la condena del aborto hecha por el papa Pío IX en 1869, a partir de una ilusión religiosa cargada del cientificismo de la época que ve en el feto, incluso en el cigoto, un homúnculo, una personita diminuta que sólo necesita crecer, ficción que se encuentra bastante consolidada en la imaginería popular católica, que se aferra a la idea del embrión como una persona con derechos, incluso por encima de los de la  mujer gestante, intensificando la subordinación de las mujeres, reduciendo a los intersticios del sistema el manejo de las mujeres de su capacidad reproductiva, como elemento que acompañó las transiciones al capitalismo y sus disposiciones sobre el cuerpo.

No así, en la antigüedad griega, como dice Giulia Galeotti en su libro Historia del Aborto, el aborto era considerado un asunto de mujeres, una línea de pensamiento que lleva a Sócrates a sostener que el aborto era “un derecho de las mujeres y los hombres no tenían voz en estos asuntos”, así como a los estoicos, y entre ellos a Epicteto, en el siglo II, a entender que “es equivocado llamar estatua al cobre en estado de fusión y hombre al feto”.

Como vemos, la prohibición al aborto y su sanción moral pública instituida e institucionalizada se encuentra entre los dispositivos más consolidados, y que perviven, de disciplinamiento y enajenamiento del cuerpo femenino dentro de las relaciones de dominación y poder capitalistas y patriarcales, lo cual ha motivado que el cuerpo, y el aborto en particular, se constituyan en campos de batalla teóricos y prácticos de las mujeres en nuestras luchas feministas, desde antes de que el concepto mismo emergiera.

Por eso,  cuando estos discursos contra el aborto  se metamorfosean y reaparecen cíclicamente, se pone de manifiesto que las luchas anti patriarcales siguen más que vigentes, y que la necesidad del feminismo se hace tan actual como desde sus inicios, obviamente, con las necesarias transformaciones que exigen los tiempos y las luchas, porque mientras haya opresión habrá resistencias; por eso, la vigencia de las opresiones hace necesario la vigencia de la categoría mujer como forma de subversión.

 

De las opresiones cruzadas a las luchas yuxtapuestas

Por eso, como decía al principio, la vigencia de esas discusiones y argumentos religiosos, muestra la vigencia de las luchas, así como recordar el origen de esta fecha nos recuerda la necesidad de un feminismo interseccional, como fue conceptualizado por feministas como Kimberlé Crenshaw, que sea capaz de comprender las imbricaciones entre género, hegemonía de clase y racialización. Y es que un feminismo que pasa por alto otros privilegios más allá de los determinados por el género, un feminismo carente de un lente interseccional, es un feminismo muy cándido; recuerda al hombre que se asombra y ofende cuando mencionan su privilegio en una sociedad patriarcal: Yo, privilegios? mujeres resentidas y envidiosas, dice. Tan cándido como un feminismo que no se compadece de los otros animales oprimidos por el sistema, ya no de su propia especie.

Toda esta multiplicidad de eventos y de luchas de mujeres que se entraman y se enredan unas con otras, mujeres trabajadoras explotadas, en distintos tiempos, por los Estados, por las industrias, por sus familias, por la sociedad, por el capitalismo, recuerdan que así como las opresiones se sobreponen, también las luchas pueden yuxtaponerse y hacerse más fuertes.

Además, quienes hemos sido oprimidas podemos entender mejor la opresión, y ser solidarios con otros oprimidos, humanos y no humanos, alejarnos no sólo del patriarcado, sino del especismo antropocéntrico. Seguir entrelazando las luchas, no sólo las opresiones. Recordar esta mirada entrecruzada de la opresión que estuvo presente desde las pioneras del movimiento negro abolicionista así como en el movimiento feminista de primera generación o sufragista, que de alguna manera articularon sus luchas y la conciencia de saberse oprimidas de forma similar.

Es así como Sojouner Truth, con su discurso en 1851 ¿Acaso no soy yo una mujer?, pone de relieve el asunto de la práctica de otras formas de encarnar la identidad social femenina, de ser mujer, tal como lo han asumido todas las formas diversas de feminismo, no blanco no occidental, como el Black Feminins, los feminismos latinoamericanos y los feminismos decoloniales, que han señalado siempre la relación insoslayable entre género-clase, pero además señalando la herida colonial como determinante en la configuración de las relaciones de poder, así como la racialización y el racismo como formas de inferiorización apropiación del cuerpo del otro dentro del capitalismo.

Es decir, un feminismo no eurocentrado que, como dice Judith Butler, formule una crítica relevante a las teorías y prácticas feministas que en su ejercicio de representación, hacen una esencialización de la mujer, a la cual configura como categoría transhistórica y transcultural. Entonces, si bien este feminismo reconoce que la mujer se hace, como decía Simone de Beauvoir, también es cierto que implícitamente piensa el género como una traducción social del sexo, de modo que una especie de determinismo cultural remplaza al biológico, en el que la mujer se sigue entendiendo como una identidad estable, con características fijas, normada.

Esta construcción nuevamente sustantiva que de la mujer hace un feminismo blanco- colonial de estas características, olvida y deja por fuera de su sensibilidad y pensamiento a otras construcciones de mujer no moldeadas bajo los cánones occidentales, no eurocentradas, así como a identidades sexuales y de género no formadas a la luz del dualismo hombre y mujer como destino natural de las identidades humanas, es decir que queda excluido un extenso y diverso grupo compuesto por quienes no cumplen unas condiciones paradigmáticas que desestiman la realidad. De esta forma el binarismo del patriarcado se replica y sigue esculpiendo la socialización de los cuerpos.

Por ello, este día también es una oportunidad para repensar a la mujer como sujeto de un feminismo genérico, lo cual pasa por el replanteamiento de las construcciones ontológicas de la identidad, dado que no sólo se trata de la emancipación de la mujer sino de la emancipación misma de las categorías de género, así como de otras categorías vigentes de opresión.

De este modo en nuestras luchas, esculpidas a cinceladas por los feminismos desde el sur, es necesaria una perspectiva del poder en la que se tenga presente las intersecciones entre las condiciones de exclusión y opresión producto de la racialización, la condiciones de dominación ligadas al género y la sexualidad, así como la hegemonía de clase, que ayude a entender que el sistema, como se apropia del cuerpo de las mujeres, se apropia del cuerpo de otros seres inferiorizados bajo la lógica patriarcal antropocéntrica, y que es un deber moral solidarizarse con aquellos que llevan, sin duda, la parte más hostil del yugo capitalista y los valores que ha establecido como verdad. Por todo lo anterior el  8M es una oportunidad para recordar, para conmemorar, para celebrar las luchas, para resistir, para pasar de las opresiones cruzadas a las luchas trenzadas unas con otras, para reexistir.

 

[1] Antropóloga, artivista.

 

Autor: reexistencia

«Las elecciones pasan, los gobiernos pasan. La resistencia queda como lo que es, una alternativa más para la humanidad y contra el neoliberalismo. Nada más, pero nada menos» Subcomandante Insurgente Marcos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s