Tránsito Amaguaña y la llama del Cayambe

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transitoXsaja“Somos como la mazorca,

si se va el grano ,

se va la fila

Si se va la fila,

Se acaba la mazorca”

                                Mama Tránsito

 

Por Adriana Quiñones-León/ Ilustración X Saja

Mama Tránsito nació bajo el abrigo de unos andes encumbrados, de los más altos del Ecuador, en la provincia de Imbabura. Aquel viernes 10 de septiembre de 1909 la luna estaba en cuarto menguante y un frío intenso remontaba los páramos de Pisambillo hasta llegar al huasipungo de los Amaguaña. Un sollozo impasible convertido en relámpago iluminó la noche silenciosa. Gélido sería el primer suspiro de la Tránsito, pero al alcanzar el soplo helado el corazón de la pequeña, su espíritu danzaría como el fuego de un volcán antiguo. El Cayambe ahora inactivo cobraba vida en múltiples chispas que se encendían, y Tránsito era una de ellas.

En cuanto nació fue bautizada como Rosa Elena Amaguaña Alba, aunque se cambiaría el nombre al inscribirse al partido comunista por Tránsito, como describiendo en una palabra el movimiento que caracterizaría su vida. Hija de Mercedes Alba y Vicente Amaguaña, hermana de Venancio, José, Angelita, Cruz y Eloísa. Una familia quechua que en el siglo XX vivía bajo los esquemas implantados por la colonia en el siglo XVI para explotar a los indígenas, tragarse con crueldad sus vidas, su historia, sus dioses, sus saberes, sus ancestros, su alegría, su música, su tierra, todo aquello por lo que se pararían a luchar los hijos de este páramo andino.

Sus tierras eran ricas pero administradas por usurpadores foráneos, primero fueron dominicos, luego jesuitas, después mercedarios, cada grupo de frailes se empeñaba con el látigo y la cruz de esclavizar a los indígenas, de intentar inferiorizarlos parte por parte y así, pretendiendo desmembrarlos como comunidad y como sujetos, aprisionar sus mentes y cuerpos bajo la servidumbre por siglos. Para naturalizar el sufrimiento lo volverían cotidiano y cotidiano sería tanto para mama tránsito como para los suyos.

Los castigos y la tortura eran habituales, un día Pascuala Amaguaña, la tía de mama Tránsito,  se le murió un ternerito enfermo pese a sus cuidados, amarraron al ternerito con una soga por la panza, la lanzaron sobre la rama más alta y sólida de una acacia negra que sobresalía entre el achaparrado páramo, del otro extremo fue atada Pascuala por el cuello, y así, ternero a un lado y mujer al otro, arrojados a un balanceo tras el que pocos minutos después colgaban oscilantes los cuerpos sin vida de la mujer y el ternero.

Cuando en 1908 el gobierno ecuatoriano quitó las tierras de los indígenas a los frailes, en Pisambilla muchos pensaban con ilusión que las devolverían a sus verdaderos dueños, pero para sorpresa de todos cedieron las tierras a cuatro familias latifundistas que continuaron el papel de verdugos.

Se consolidaba el sistema feudal de los huasipungos, pequeños retazos de tierra en las haciendas de Cayambe en las que permitían levantar pequeñas chozas a las familias indígenas, a cambio de labrarlos para el latifundista y otras labores agrícolas en la gran hacienda, el pastoreo de ovejas, vacas,  la curtiembre, además del trabajo incondicional y sin remuneración de la mujer del huasipungero o  huasicama y de sus pequeños hijos, que pasaban a ser parte del tributo al gamonal.

Toda la familia era obligada a trabajar sin recibir remuneración a cambio, apenas abrían los ojos las mujeres marchaban a la casa de los patrones de la hacienda, como servicias, una forma de esclavitud doméstica. Las que vivían en el huasipango con su familia tenían que levantarse más temprano para llegar al mismo tiempo de quienes dormían junto a la cocina, allí se encontraban la mujeres  con sus compañeras, algunas mayores, otras viudas a quienes ni la muerte de sus conyugues las libraba del yugo feudal.

Después de trabajar todo el día, debían en la noche moler la cebada, hacer arroz, escoger y lavar la quinua que se usaría el día siguiente. A tierna edad los hijos eran separados de sus madres, la leche materna era remplazada por leche de oveja o cabra. Las mujeres no podían llevar consigo porque a las patronas nos les gustaba que se distrajeran ni el olor de los bebes que no permitían atender, tampoco podían faltar al trabajo para cuidarlos porque eran golpeadas en la noche junto a sus esposos.

Aún tenía siete años y mama Tránsito era levantada antes de que el sol iluminara con sus primeros rayos el oriente, para barrer cuartos, lavar platos, llevar hierba a los cuyes, recoger leña, atajar cerdos, dar de comer a los mayordomos y ayudantes, así como otras tareas, para las que debía además llevar sus propios enseres, los trastes del patrón eran intocables. Las niñas eran abusadas físicas y psicológicamente, y las familias las casaban pensando que así podrían salvarlas de ser violadas por sus patrones. Quedaban atadas a hombres mayores que  en la mayoría de los casos también las maltrataban.

Los padres de mama Tránsito trabajaban duro, eran buenos pastores y habían cuidado unas 1700 ovejas en 11 años, así que a Mercedes Alba le pareció un día que era justo que después de tanto tiempo les pagaran algo. Se presentó  ante Aquiles Jarrín, el patrón de la hacienda, quien le dijo que estaba bien, que le pagaría, pero que llevara primero una carta a su hijo. A Mercedes le pareció sospechoso, de modo que  decidió no entregarla hasta averiguar el contenido de aquellas letras. Diría que tenía un hueco en el camisón  por el que había perdido el papel. Cuando encontró quien le leyera  la carta se enteró de que no sólo se rehusaban a pagarles sino que le estaban quitando el huasipungo.

La estrategia de Mercedes Alba retrasó el desalojo de su terruño y le dio tiempo para empezar a pensar e indagar como oponerse, de qué forma luchar contra las injusticias a las que eran sometidos y a quienes podían acudir para intentar hacer eco de toda la injusticia de las que eran victimas, hasta a Quito llegó caminando para hacer conocer de los sufrimientos de su pueblo.

El corazón de Mama Tránsito se unió al de su madre en el camino de lucha, la chispa se esparcía y prendía en más y más corazones, otros huasipungueros se sumaban, el pueblo se agitaba. Los huasiungueros se reunían en secreto, a veces en los matrimonios y fiestas para no levantar sospechas, pronto se tejerían alianzas con el recién fundado partido comunista, formando poco después los sindicatos agrarios, a través de los cuales exigieron públicamente el derecho a la tierra, la regulación de la jornada laboral y del salario, la eliminación de la figura de servicia, el derecho a la salud, educación bilinguë, reclamos que defendieron en el paro agrario de 1931.

El gobierno ecuatoriano de aquel entonces, en lugar de escuchar a los indígenas, se apresuró a ayudar a los  hacendados enviando un escuadrón militar con el que pretendía apagar el encendido fuego en los corazones de Cayambe, pero el volcán ya había despertado. Llegaban de a cincuenta a cada hacienda, apresando en los huasipungos a los líderes, amarrandolos y azotandolos. Saquearon y destruyeron las casas, entre ellas la choza de Tránsito, pero con los mismos palos volverían los Amaguaña a levantarla.

Al mes volvieron los soldados, era semana santa y llovía a cantaros, esta vez obligaron a los hermanos a tumbar la casa mientras la madre lloraba impotente, mataron los cuyes, robaron los enseres y los sacaron del pueblo en medio del aguacero implacable, mientras tanto escuchaban que les gritaban que aquello les pasaba por comunistas.

Desplazada por la fuerza de su tierra, pasaría quince años errante, tiempo en el que  conoció a muchas mujeres que la acompañarían en su lucha, algunas habían sido también expulsadas como ella de las haciendas de Olmedo, pues la mayoría de quienes lideraron el alzamiento y el movimiento eran mujeres. Además de Tránsito, estaban Mercedes Catucumba, Angelita Andrango, Rosa Cachipuel y Dolores Cacuango, con quien empezaría un largo camino de lucha, el fuego se inflama en lugar de extinguirse como pensaba el gobierno y  los latifundista con la represión. En el destierro estas valerosas indígenas concibieron y dieron a luz muchas ideas, participaron la fundación de Federación ecuatoriana de Indios (FEI) y la Federación de Trabajadores del Litoral (FETAL).

Soñaron juntas e hicieron realidad muchas de sus proyectos, como las escuelas bilingües, un sueño que albergaba desde pequeña, cuando quiso estudiar pero abandonó la escuela debido al maltrato, humillación y desprecio que recibían en ellas los niños indígenas.  Hacia 1946 ya había cuatro escuelas en las que se trataba con amor y respeto a los indígenas y su cultura, en la que aprendían en quechua y español, a diferencia de las demás en la que su lengua materna era una lengua muerta y maldita. Los niños se enorgullecían de sus raíces y esto no gustaba al gobierno, que lo veía como una subversión al orden y mama Tránsito fue arrestada, fue la primera vez.

La segunda fue cuando regresó de un viaje a Cuba y la URSS, había ido a un congreso en representación de su pueblo indígena. Poco después de su regreso fue acusada de ser el vínculo para la creación de una guerrilla en los andes ecuatorianos, de traer armas y otras argucias.

Querían fracturar el movimiento, dividirlo, fragmentarlo en mil pedazos que ya jamás pudieran unirse aislados por la desconfianza. Incluso un día mama Tránsito recibió la visita del ministro de gobierno a la cárcel, quería sobornarla para que dejara su liderazgo  y mama Tránsito, le responde que no negociará nunca con la sangre de sus hermanos.

Al salir de la cárcel, no solo se encontró con la muerte de sus padres, sino con la de sus hijos. La tragedia era desoladora pero no podía abdicar, el fuego en el alma la empujaba a seguir luchando, así que, acongojada pero altiva, mama Tránsito ayuda a formar las cooperativas campesinas que remplazaron el huasipungo, durante la tímida reforma agraria del 64. Aunque no pudo hacer parte de ninguna, pues el el huasipungo del que había sido desplazada había sido cedido a otra familia, nunca lo pudo recuperar, y sin huasipungo no se asignaba parcela. Ley que en realidad buscaba la modernización del agro no la reparación de los desterrados.

Mama Tránsito siguió adelante y envejeció luchando e indiando, como solía decir.  De aquí para allá, en la ladera de un nevado una temporada y otros parajes inescrutables en otras. Un día, se retiró a sembrar un pequeño terruño en Pesillo, donde siguió sirviendo a la comunidad, esta vez como curandera, como sanadora, siempre pensando en sus hermanos, en su pueblo, trayendo luz.

Una noche tranquila, poco antes de cumplir 100 años, se extinguió su último aliento, pero no su llama, a partir de ese 10 de mayo del 2009 viviría emancipada también del cuerpo. La noche era clara y el viento frío del páramo galopaba jadeante mientras nubes blancas descendían hasta la tierra, formando una bruma espesa en cuya cresta subiría el alma de mama Tránsito. Partía al cosmos, donde con júbilo la luna llena la esperaba, aunque como alguna vez dijo su verdadero premio era el avance de sus hermanos, de sus hermanas, de todo su pueblo.  

 Hoy desde los cielos sigue encendida cual estrella, surcando el firmamento. El fuego volcánico y antiguo que recorrió sus venas no se marchita con la muerte, sólo lo extingue el olvido.

Desde sujetas revolucionarias te recordamos mama Tránsito, a ti y a todas las valerosas mujeres indígenas que luchan por el reconocimiento de sus derechos como pueblos originarios y por un mundo mejor para todas y todos, tejiendo memoria y esperanzas en paramos, valles, montañas y desiertos, grano a grano, fila a fila, como una gran mazorca.

Autor: reexistencia

«Las elecciones pasan, los gobiernos pasan. La resistencia queda como lo que es, una alternativa más para la humanidad y contra el neoliberalismo. Nada más, pero nada menos» Subcomandante Insurgente Marcos

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