Aline, la reexistencia que floreció con la lluvia

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aline sitoe x sajaPor Adriana Quiñones-León/ilustración x Saja

Parte II

Una vez en Kabrousse, lo primero que hizo Aline fue combatir el cristianismo introducido por los franceses, promoviendo el retorno a las religiones tradicionales y a los rituales ancestrales, rituales que le darían al pueblo la fuerza espiritual necesaria en el arduo proceso que implica la descolonización. Su sabiduría le permitió entender que la revitalización de las tradiciones diola era vertebral en la resistencia, se trataba de revitalizar otras formas de ser, pensar y sentir a aquellas edificadas por la colonia y occidente en ideales de vida, sabía que era muy importante romper con el esquema de pensamiento colonial, puesto que no sólo era el aparato militar el que ejercía  violencia.

Aline animaba a su pueblo aconsejándolo con sapiencia, su mensaje se decía cada vez con más convencimiento entre la gente de Casamance era de naturaleza divina, legado por Emitaï para llevar la esperanza y encender los corazones de quienes la escuchaban.  Y es que en diola Emitaï es una voz que designa a la vez dios y lluvia, revelando esta  conexión  lingüística la relación simbólica pero estrecha entre  el mundo de lo sagrado con la fuerza transformadora del agua, vinculo que se expresa en el culto a la lluvia que los diola practican.

Es por eso que cuando por aquel mismo entonces se vivió una fuerte sequía en la región, que tenía en jaque a los campesinos, muchos acudieron hasta Aline y le pidieron angustiados que intercediera ante Emitaï. Aline conmovida aceptó, seguidamente  se dirigió con su pueblo a las profundidades del bosque sagrado en el que practicaban aquellas ceremonias secretas heredadas de tiempos más felices, y para asombro de todos,  aquel día fueron bendecidos con la lluvia. Era momento de júbilo, se habían salvado de la calamidad, por lo que Aline era ante los ojos de todos, incluyendo los más escépticos, la mensajera de Emitaï. A partir de entonces pasaría a ser conocida como la dama de Kabrousse.

Florecían las ilusiones, pronto se regó la voz de lo ocurrido y gente de toda Casamance  e incluso de otras partes de Senegal, llegaba sin importar su etnia o su religión a escuchar a la joven profetisa de la libertad. Llegaban delegaciones a las que Aline les hablaba de la necesidad de hacer una vez más frente a la administración colonial y a sus abusos.

Algo sin duda desafiante, revolucionario como muchos de sus actos, fue pedir a su gente cesar de pagar los impuesto absurdos con los que el invasor los agobiaba, les pidió de manera enfática que se negaran a pagar por ejemplo el impuesto a la miel, al maní, al arroz, al ganado y hasta al control artesanal de la mosca tsé-tsé, que servía para prevenir males como la enfermedad del sueño. 

Uno de los mayores aciertos de Aline fue lograr el retorno a la siembra tradicional, hablando con los campesinos de su región y persuadiéndolos poco a poco de abandonar la producción de cacahuates para volver a cultivar alimentos variados, alimentos cuyo destino en lugar de la exportación fuese la  propia alimentación de alimentación de la comunidad tales como  yuca, patata dulce, frijol, maíz y arroz.

La dama de Kabrousse enseñó a los suyos que el monocultivo de cacahuate desgastaba la tierra y los convertía en esclavos.  La elocuencia de sus actos, la nobleza de su carácter, el brillo de su mirada, terminará por convencerlos de que la mejor manera de ser libres es tener autosuficiencia alimentaria, además de comprender de manera colectiva que el cultivo de cacahuates estaba extendiendo el desierto, acabando con los maravillosos bosques sagrados que los circundaban.

Aline, mujer sensible y clarividente, permitirá entender a muchos de la necesidad de volver a sembrar el arroz rojo tradicional, en lugar de consumir el arroz blanco importado de indochina, grano por el que debían pagar un alto impuesto; de igual forma, les llama a consumir miel en lugar de azúcar industrial, más cara y perjudicial, sin olvidar que la miel era un alimento de producción local utilizado en ceremonias religiosas, un elemento que fortalecía y vinculaba sus tradiciones culinarias y espirituales.

Sus actos no fueron actos individuales, por el contrario constituyeron sin duda una lucha política colectiva, llegando a generar un gran malestar en la administración colonial francesa, que temía que Aline se hiciera más fuerte y siguiera convocando desde la resistencia a boicotear al gobierno francés a través de actos públicos de desobediencia civil,  temía además que ese grito libertario se multiplicara como una epidemia de dignidad incontrolable.

Como son principios de la sociedad diola la libertad, la igualdad, el respeto y el amor a la naturaleza, la crueldad de la colonia y el eurocentrismo eran incomprensibles para ellos, podríamos decir que todas las imposiciones de los franceses fracturaban su identidad como pueblo y su dignidad como personas. De hecho, la diola era una sociedad igualitaria, sin castas a excepción del rey que era más bien un sacerdote, así como sin propiedad privada o individual. Por ejemplo el arroz, tan importante para ellos en la alimentación, no estaba a la venta sino que se repartía atendiendo a unas formas especiales de redistribución que garantizaba el acceso al grano y por ende aportaba al bienestar de todos.

Aline logró con destreza canalizar rápidamente la insatisfacción resultante de todo este escenario de injusticia colonial entre sus hermanos y darles valentía para enfrentar mediante un movimiento pacífico a la colonia francesa, alcanzando más y más personas al tiempo que crecía su prestigio como sacerdotisa.

Era tanto el amor y la confianza depositada en Aline, que cuando murió el rey de las aguas, todos estuvieron de acuerdo en elegir a Aline como su sucesora, así, nuestra valiente se convertiría en la nueva reina-sacerdotisa de su pueblo. No está de más advertir que para los diola el rol del rey de las aguas dista mucho de la figura de un monarca en occidente: Aline más que privilegios adquiría la enorme responsabilidad de ser la guía espiritual para su pueblo.

Desde este rol sagrado, Aline recordará a su pueblo que los hombres y las mujeres diola deben ser buenos guerreros, buenos cultivadores, buenos recolectores de vino de palma, buenos cazadores, hábiles con sus manos, artistas, músicos y deportistas, es decir, un ser humano completo y no escindido a la manera de occidente.

Es en este sentido que Aline hablaba a su pueblo de preservar la literatura oral, los cantos, las artes propias, la tradición culinaria, la vestimenta propia, en fin, de regresar hasta lo posible a sus raíces culturales, incluyendo la activación de la semana diola en la que se trabaja 5 días y se descansa el sexto, lo que también era una desventaja para la explotación laboral colonial.

Esa explotación laboral también implicaba el sacrificio de sus hijos, y con ellos de su presente tanto como de su futuro: Un día la reina Aline observó embargada de gran tristeza que los jóvenes de Casamance eran sacados de sus hogares para ser llevados a una guerra extraña, a una guerra lejana, a una guerra cruel como todas las guerras. Una guerra de la que muchos jamás retornarían, era la segunda guerra mundial.

Abrumada con tan desolador destino  la reina Aline pidió a los jóvenes  negarse de manera rotunda a ser incorporados a la armada francesa, así como a sus madres, padres, hermanos  y abuelos a impedir que fueran  arrebatadas sus esperanzas. Juntos, sería más difícil que asesinaran sus sueños. Así, no sólo promovió la solidaridad  entre jóvenes y viejos fracturada con la colonización francesa, sino que este movimiento de objeción de conciencia evitó la partida de muchos jóvenes arrancados de sus tierras  y cuyo destino, ante las circunstancias, no parecía otro que resignarse a morir lejos de casa.

continuará…

 

Autor: reexistencia

«Las elecciones pasan, los gobiernos pasan. La resistencia queda como lo que es, una alternativa más para la humanidad y contra el neoliberalismo. Nada más, pero nada menos» Subcomandante Insurgente Marcos

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