Más de una maternidad…

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Dentro del feminismo se ha discutido, defendido y combatido por el derecho a elegir ser o no madre sin que ello suponga un estigma para la mujer. Pero el debate sobre los diferentes tipos de maternidad y los modos de vivirla continúa enfrentando posturas e hiriendo susceptibilidades. Lo que sigue es un intento de mostrar ese debate y de exponer que los feminismos aún tienen mucho por lo que luchar.

Texto: Maite Garrido Courel. Ilustraciones: emezetaeme.

En 1949, la filósofa francesa Simone de Beauvoir, considerada ahora como parte del feminismo mainstream, dinamitaba el papel de las mujeres en la sociedad en su libro El segundo sexo (Debolsillo, 2009), y arremetía contra uno de los roles por excelencia de la mujer: la maternidad. Aunque parezca manido comenzar un debate feminista con la figura de Beauvoir, más de 60 años después de la publicación de su obra, su postura -antimaternal para algunas-, sigue levantando ampollas y la necesidad de hablar de ello continúa, a pesar de los años, estando muy vigente.
Hace unos meses, la revista Pikara Magazine acogía una acalorada disputa dialéctica sobre las diferentes maternidades dentro, y fuera, del feminismo esta vez desatada por otra filósofa feminista, Beatriz Gimeno. Para ella, a pesar de que la maternidad ha sido estudiada, analizada y cuestionada, y que la reivindicación de los derechos reproductivos es una constante dentro del feminismo, no hay propiamente dentro de este un discurso claramente antimaternal, ni se puede plantear desde la pluralidad democrática.
Dichas afirmaciones suscitaron una cadena de comentarios y posts, más o menos enardecidos, que ponían de relieve, a la postre, que tal vez sí fuera necesario hablar más sobre maternidades. “No decía nada en contra de la maternidad, de los niños ni de nada, quise poner de manifiesto que no existe ese tipo de reflexión y que es raro que de una experiencia tan intensa y profunda como es la maternidad, todos los discursos sean positivos”, explica Beatriz Gimeno a Números Rojos.
“No puede ser que a todas las mujeres del planeta les guste ser madre o tengan una opinión positiva de la maternidad. Es en este sentido de falta de alternativas en el que el discurso promaternal es totalitario”.
Existe, y ha existido, una lucha dentro del feminismo por desmontar el hecho de que en la sociedad en la que vivimos una mujer es menos mujer si no se convierte en madre. La presión social y familiar se sigue ejerciendo en algunos círculos. Las consabidas frases de “y tú, ¿para cuándo?”, “que se te va a pasar el arroz” o “pues si esperas mucho…” se siguen escuchando, sin embargo, afirmar que no se desea ser madre ya no forma parte del terreno de lo impronunciable. Se ha logrado que esa elección deje de ser tabú.

Derribar tabúes

“Muchas feministas reivindican firmemente su derecho a no ser madres, y denuncian que en la sociedad patriarcal actual sigue viva la ideología que equipara mujer=madre, presionando a las mujeres para que seamos madres antes de nada”, dice a Números Rojos Carolina del Olmo, autora del libro sobre maternidad y crianza ¿Dónde está mi tribu? (Clave Intelectual, 2013).

“Sin embargo, otras aseguramos que las presiones que hemos recibido han ido más bien en dirección contraria: trabaja, consigue, trepa, logra, disfruta, sigue con tu vida y no te enfangues en cosas de críos que no te van a reportar nada bueno”.
En este sentido, y como respuesta a la reflexión de Gimeno sobre la no existencia de un discurso antimaternal, surgen voces como María Llopis, activista y escritora feminista, -autora de El postporno era eso (Melusina, 2010)-, para quien dentro del feminismo y el entorno querer la maternidad no estaba bien vista: “Todos los colectivos feministas en los que he estado consideraban lo de ser madre como el fin de tu militancia”, asegura.
“En el transfeminismo, el movimiento postporno, el feminismo prosex, es una realidad que la maternidad se deja muy de lado. He sido de las pocas que ha hablado de las maternidades subversivas incluyendo esa faceta de la vida humana y me he encontrado mucho rechazo con ese tema dentro de mi círculo. Pero todas somos hijas, todas hemos salido de un coño”.

Las presiones pues, por ambas partes, inciden en reforzar esa lucha de binomios que se traslada a cualquier tema. Los feminismos intentan recoger esa escala de grises que dinamiten la dicotomía de madre-no madre pero a veces se pierde en su objetivo y enfrenta posturas, olvidando que, como dice la activista Alicia Murillo, el enemigo es otro.
“Es normal que el feminismo se ocupe de la maternidad. Pero también es verdad que nunca se ha atrevido a decir claramente cosas negativas”, afirma Beatriz Gimeno. “Se habla de cómo ayudar a conciliar, y eso es muy importante, pero dentro del propio feminismo, que está temeroso de cómo se le ve desde fuera, no se ha atrevido a tener una rama de pensamiento que fuera antimaternal, y ahora creo que hay un renacer de la maternidad tradicional”
Madre y feminista

“Una vez conquistado el derecho a no ser madre, nos queda el derecho a serlo sin perderse en el camino”, decía la historiadora francesa Yvonne Knibiehler. Pero, ¿cómo ser madre feminista en una sociedad patriarcal?

Las políticas sociales versadas en la conciliación están fracasando en la medida en que el derecho a bajas por maternidad y paternidad intransferibles y equitativas, -además de tener el mismo salario- no se están logrando; y el debate llevado a cabo por asociaciones como PPIINA (Plataforma por Permisos Parentales Iguales e Intransferibles de Nacimiento y Adopción) apenas se queda en las puertas del Congreso. En este escenario, y en el plano laboral, la única forma de que ser madre no cueste algo es continuar con la lucha y con las reivindicaciones básicas del feminismo.

Sin embargo, no todas mantienen la misma postura. Como ejemplifica Carolina del Olmo, hay estudios que hablan del número de mujeres (todas más o menos privilegiadas en términos socioeconómicos y culturales) que estudian con muy buenos resultados masters como el famoso MBA, Master in Business Administration, y luego no ejercen en los mismos puestos de alto nivel que sus compañeros de clase.

Casi siempre, la retirada de la dura carrera competitiva hacia la cumbre empresarial tiene lugar cuando esas mujeres deciden tener hijos. Algunas se van a casa, otras eligen profesiones de menos prestigio que les dejan más tiempo libre.
“Lo habitual es intentar analizar eso en términos de patriarcado y a mí, la verdad, me da un poco de rabia: ¿no son estas mujeres más sabias que sus compañeras y compañeros que trepan y trepan sin descanso en bufetes de abogados y empresas dedicando 12 o 14 horas al día al trabajo? ¿No deberíamos aspirar a que cada vez sea menor el número de mujeres y también de hombres que se dejan engañar por ese abusivo predominio del trabajo y lo económico en nuestras vidas?”, se cuestiona Del Olmo.

Hay una parte del feminismo que vuelve a elogiar lo que se llama la maternidad intensiva: la lactancia a demanda, el parto en casa, el apego, el colecho (compartir la cama), la escolarización tardía, la educación no autoritaria, etc. “Para mí es un resurgir del feminismo de la diferencia que siempre ha tenido muchas adeptas”, rebate la filósofa. “Supone estar al servicio del niño durante tres o cuatro años, olvidando tu desarrollo personal. Está muy enfocado a la maternidad, empiezan a decir ‘la maternidad es lo mejor que te puede pasar, es donde te sientes verdaderamente una mujer’. Parecía que eso ya nos lo sabíamos pero se ve que no”.

Maternidad intensiva

A pesar de existir opiniones contrarias a este tipo de maternidad, cada vez más mujeres feministas se decantan por vivir su experiencia de un modo al que la escritora Brigitte Vasallo denomina “la cuidadora natural extrema” o lo que también se conoce como la madre ecológica.
“Yo creo que somos muchas las mujeres que al tener hijos nos hemos sentido un poco huérfanas de discurso feminista en el que encajar, sobre todo cuando algunas hemos decidido que la maternidad ‘externalizada’ (escolarización temprana y, casi siempre, métodos más o menos duros de educación y disciplina para que los críos no estorben) no iba con nosotras.”, dice la autora de ¿Dónde está mi tribu?

 

 

El punto de encuentro que unen ambas posturas suele ser el parto. Lograr una desmedicalización del mismo y recuperar una autonomía y un saber largamente arrebatado durante años. “A pesar de ser carne de feminismo, está muy mal llevado el tema de la maternidad, parece que solo tiene que ser de un tipo de feminismo. Y eso me enfada”, enfatiza María Llopis.
“¿Cómo no va a ser eje fundamental? En lo que a mí me toca, que es toda la parte de sexualidades, en el parto en el hogar, hay mujeres que son capaces de correrse dando a luz. El hecho de que haya un 99% de mujeres que paren con dolor y un tanto por ciento tan reducido con placer… ¿no nos la están metiendo aquí? nos están mintiendo. Qué pasa con esas mujeres que paren con placer ¿que son las elegidas?, ¿no tendríamos que tener un poco más de conciencia sobre nuestro cuerpos? La maternidad debería ser un estado sexual más”.

La antropóloga Casilda Rodrigáñez en su libro El asalto al Hades (Ediciones Crimentales, 2001), argumenta que la mujer que vive su embarazo sin confiar en su cuerpo, y que traslada esa confianza a la medicina, vive un embarazo patológico, porque su estado psíquico y emocional bloquea los mecanismos de regulación previstos.
Las patologías (náuseas, pérdida, cansancio…) las tratarán los doctores en sucesivos controles rutinarios,

institucionalizando la enfermedad del embarazo. Michel Odent, investigador y obstetra del Primal Health Research Centre de Londres, famoso por su defensa del parto en el agua en el que la intervención externa es la mínima posible, fue de los primeros médicos investigadores en relacionar el estado emocional de la madre con el desarrollo del embarazo y el parto no violento. “Vale la pena luchar por ahí, nos están robando la capacidad de placer de nuestros cuerpos sustituyéndola con dolor”, afirma Llopis.
Para algunas feministas como Beatriz Gimeno, el tipo de crianza que suele seguir al parto natural es nueva. “Los teóricos del apego nos lo venden como un retorno al pasado mítico. Pero en realidad no era así. Es una maternidad nueva. Eso de estar pendiente

exclusivamente del bebé como si fuera algo delicado es absolutamente nuevo”, añade.

Amor de madre
“Existieron las madres intermedias, las madres que pactaban, las madres resignadas. Pero para realizar la estabilidad patriarcal hacía falta una madre con un ‘amor’ cuyo despliegue y contenido fuese exactamente el cumplimiento de lo que debe ser, de la ley”, escribía Rodrigáñez en su Asalto al Hades. El amor de madre es uno de los temas más espinosos de todo el debate. Cuestionarse, como se cuestionaba Gimeno, ¿es obligatorio querer a los hijos? entra dentro del terreno de las aberraciones más salvajes que se pueden concebir.
Porque el amor de madre está impregnado de un amor romántico que no puede ni debe tener fisuras. Plantearse que ese amor puede tener altibajos y que no siempre se quiere igual supone marcar con el estigma de mala madre a quien haga tal afirmación.
“El amor maternal está fuera de lo mensurable, es más que todo. Pero en realidad es un amor humano, no se puede querer a los hijos igual todo el tiempo, no se pueden ocultar sensaciones de cierta animadversión por el tiempo que te quitan o por lo que sea. Como cualquier amor, eso no le quita calidad al amor que sientes normalmente pero es un amor humano y como tal está sujeto a cualquier cosa humana. Lo demás sería lo raro, pero se ha mitificado y divinizado de tal manera que no admite ninguna crítica”.
Para Carolina del Olmo, la pregunta correcta sería cómo es posible que, tantas veces a lo largo de la historia, el amor del padre no haya sido incondicional y cómo podemos conseguir que lo sea siempre. “Porque el amor de la persona, hombre o mujer, que asume a fondo el cuidado de un niño por supuesto que debe ser incondicional”.
El reto de los feminismos está en acoger a todas esas maternidades plurales llenas de matices y desocupar los estereotipos de madres. Sin que ello suponga un enfrentamiento entre mujeres que piensan diferente, aunque sea, como proponía Beatriz Gimeno, articulando un discurso antimaternal.
No se trata de estar a favor o en contra. “Hay debates, como el del aborto o el de la prostitución, en los que caben posturas radicalmente enfrentadas, pero normalmente no saltan las mismas chispas y no son tan emocionales como el de la maternidad”, concluye Del Olmo. “Supongo que es porque con la maternidad se trata de enfrentar formas de vida, no solo cuestiones ideológicas o teóricas que se pueden compartimentar”.
Estereotipos

La abnegada, modelo de madre mitificado y divinizado por la religión y la sociedad patriarcal. Desexualizada, despolitizada y sacrificada por su prole. Figura familiar fuerte y comprensiva que antepone la vida y felicidad de los demás a la suya propia.
La mala madre, en las antípodas de la madre sumisa. La tragedia griega la representó con la figura de Medea y para el imaginario colectivo es el peor tipo de mujer que puede existir. Aquella que no ama a sus hijas e hijos, desnaturalizada, egoísta y desequilibrada por la mala vida.

La trabajadora, para quien su trabajo es muy importante, casi como la familia, y al que dedica todo el tiempo disponible. Hace malabares con las 24 horas que tiene el día. Trata de hacerse valer en lo laboral ‘disimulando’ que es madre y lidia con no sentirse culpable por no estar más tiempo con su progenie.
La cuidadora extrema, dominante y ultra protectora. Quiere lo mejor para sus vástagos pero no les deja vivir su propia vida. Traslada sus deseos frustrados a sus hijas e hijos y será la causante de sus carencias y traumas posteriores en edad adulta. Será mencionada abundantemente en las terapias de psicoanálisis.

 

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Autor: reexistencia

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