Google, la singularidad tecnológica y la privatización del ser humano

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Tomado de Rebelión

 

Sergio de Castro Sánchez*

Sólo una sociedad que acepte la necesidad de escoger un techo común a ciertas dimensiones técnicas en sus medios de producción tiene alternativas políticas.

Iván Illich: La Convivencialidad, 1973

 

El pasado diciembre Google anunciaba el nombramiento como nuevo Director de Ingeniería de Raymond Kurzweil, conocido científico, inventor y empresario, y pope de la singularidad tecnológica y del transhumanismo.

Kurweil, un lunático para unos y un visionario para otros, defiende que, debido al carácter exponencial del progreso tecnológico, no estamos lejos del momento en el que la fusión entre biología y tecnología supondrá el paso definitivo hacia la trascendencia y la inmortalidad del ser humano. Este momento, denominado “singularidad”, implicará una transformación tan radical del propio universo y de nuestra comprensión del mismo que resulta imposible predecir o comprender qué es lo que ocurrirá después de tal acontecimiento.

Más allá del carácter excéntrico o proféticoi de las previsiones de Kurzweil, su nombramiento al frente de una de las áreas de mayor relevancia del gigante informático da una idea de cuál es el horizonte hacia el que camina la tecnología actual: la privatización tanto de nuestro pensamiento como de nuestro cuerpo físico.

Kurzweil y Google El nombramiento de Kurzweil como Director de Ingeniería de Google no supone el inicio de la colaboración entre ambos. Junto a la NASA y otras empresas cuyos nombres no han sido hecho públicos, Google ya había financiado con un millón de dólares la creación en 2009 de la Universidad de la Singularidad, situada en el campus Research Park de la NASA en Silicon Valley (California). Una iniciativa impulsada por el propio Kurzweil y el empresario espacial y presidente de la X Prize Foundation, Peter Diamandis, y que, en palabras del primero, busca “acoger a los líderes que crearán un creativo y único mundo del futuro”.

Según cuenta la MIT Technological Review, la incorporación definitiva de Kurzweil al gigante informático se produjo a partir de una conversación del primero con el creador de Google, Larry Page, en julio de 2012. Además de hablarle del que sería su próximo libro Cómo crear una mente, Kurzweil le habría confesado su intención de “crear una empresa para desarrollar sus ideas sobre cómo construir un equipo verdaderamente inteligente: uno que pudiera entender el lenguaje y realizar inferencias y tomar decisiones por sí mismo”. Los recursos informáticos de Google, su descomunal base de datos y sus últimos avances en Inteligencia Artificial –en concreto en la elaboración de un software que a través del “aprendizaje profundo” simule los procesos neuronales de la corteza cerebral– hacía que poco después Kurzweil le diera el “sí quiero” a Page.

Uno de los primeros productos que han salido a la luz tras la incorporación de Kurzweil son las famosas Google Glass. Aunque no llegarán al mercado hasta 2014, las gafas de realidad aumentada ya han hecho correr ríos de tinta. Como respuesta a las críticas surgidas ante la posible desaparición del ámbito privado que puedan suponer, Eric Schmidt –presidente de Google hasta 2011– declaraba: “Si estás haciendo algo que no quieres que esté en internet, entonces no deberías hacerlo”. Asimismo, Kurzweil manifestaba sobre las mismas: “Es una primera versión muy sólida. Pero por lo general la versión número 3 se apodera del mundo. Windows 3 fue el que se hizo conocido”.

Pero, como decíamos, el gran proyecto de Kurzweil en Google es el desarrollo de una Inteligencia Artificial que, tal y como publicaba la revista del MIT el pasado enero, “buscará llevar la comprensión que tienen las computadoras de nuestro mundo a un nivel nunca antes visto”. La AI de Kurzweil “será diseñada para analizar las grandes cantidades de información que Google recopila y luego servir de asistente personal súper-inteligente”. Para ello, Kurzweil sugiere que “podría espiar cada conversación telefónica y el intercambio de correo electrónico y luego proporcionarte información interesante e importante antes de que tú sepas que la querías”ii. Algo en perfecta sintonía con lo que, según él mismo, son los objetivos actuales de Google: “La misión es organizar de manera inteligente toda la información del mundo. Porque al final de cuentas, todo es información y esto va a transformar todas las industrias”.

Pocos meses después, en el contexto de la Google I/O 2013, celebrada en mayo, Google anunciaba la inauguración de un laboratorio de investigación junto a la NASA que buscará desarrollar una Inteligencia Artificial. Para ello ha adquirido  un computador cuántico de la empresa D-Wave Systems , cuyo valor se estima entre los 10 y 15 millones de dólares y cuya velocidad es 3600 veces mayor que un ordenador convencional. Una tecnología que permitirá búsquedas personalizadas más eficaces a partir de información generada por nosotros mismos previendo aquella que vamos a requerir, pero que también busca llegar a procesar el lenguaje natural. Paso, este último, necesario para la construcción de la llamada “Hard-AI”, es decir una inteligencia artificial autónoma y superior a la del ser humano.

El “hombre-máquina”

La construcción de esta Inteligencia no es, sin embargo, más que un paso necesario hacia el que se supone que es el destino inevitable de la humanidad: la aparición del “hombre-máquina”, o lo que es lo mismo, la singularidad. Así la define el propio Raymond Kurzweil en el documental El hombre trascendente, destinado a exponer la vida y milagros del “genio” Kurzweil (así se refiere a él nada menos que Collin Powel en una reunión entre ambos):

“Singularidad es un período futuro en que los cambios tecnológicos serán tan rápidos y sus efectos tan profundos que todos los aspectos de la vida humana serán, irreversiblemente, transformados. No habrá una clara distinción entre humanos y máquinas. Las computadoras no serán esos aparatos rectangulares que guardamos en el bolsillo. Ellos estarán dentro de nuestros cuerpos y cerebros. Seremos un híbrido de inteligencia biológica y artificial”.

Años atrás, en 1998, Kurzweil realizaba en el libro La era de las máquinas espirituales una serie de “predicciones” ordenadas cronológicamente que desembocarían, allá por el 2099, en la singularidad.

Así, en pocos años, las computadoras alcanzarán la capacidad del ser humano y serán insertadas en nuestro cuerpo y en prácticamente todo lo que nos rodea (cámaras del tamaño de alfileres estarán por todas partes). Se generalizaran los “implantes neuronales” que mejorarán la visión, la memoria y el razonamiento, y la nanotecnología permitirá introducir en el torrente sanguíneo máquinas que permitirán mayor control sobre las enfermedades a través de la descarga directa de software. Más tarde, la separación entre realidad virtual y “real” se hará cada vez menos clara y nuestras mentes podrán “copiarse”, llegando el día, allá por el 2099, en que “nuestros cerebros serán mayoritariamente no-biológicos”, tal y como sostiene Peter Diamandis en el documental referido, añadiendo: “seremos capaces de saber todo conectando nuestros cerebros a –qué casualidad– Google”. Ya en plena singularidad, la fusión entre nuestras mentes con inteligencias artificiales a través de implantes neuronales hará que los humanos y las máquinas se mezclen en el mundo físico y mental. La mayoría de los seres conscientes carecerán de una forma física permanente. El ser humano alcanzará la inmortalidad. “Cualquiera que se resista a este progreso estará resistiéndose a evolucionar y, fundamentalmente, acabará por extinguirse. La cuestión no es si eso es bueno o malo. Va a acontecer”, concluye Diamandis.

Pero no hay de qué preocuparse. Todos esos cambios se producirán en un contexto de crecimiento económico, paz mundial, desaparición del hambre (alimentos construidos a través de nanomáquinas) y satisfacción de las necesidades básicas de toda la población gracias a la tecnología.

Hacia la privatización y el control total del ser humano

Muchas de las previsiones de Kurzweil y el transhumanismo pueden llegar a causar más hilaridad que preocupación. Sin embargo, lo que muestran es un modelo antropológico y socio-político que, aunque no llegue a consumarse totalmente, se ha constituido en el referente de gran parte de las grandes corporaciones de la informática y la tecnología y del propio gobierno de los EE.UU. (como muestra la implicación directa de la NASA en los proyectos de Kurzweil y Google). La “comunión” entre todos ellos es un signo de que ese modelo busca afianzarse como dominante desde ya mismo.

Ante las posibles reticencias que tales “progresos” puedan causar, Kurzweil y sus acólitos replican un mensaje que se remonta a la Ilustración: el progreso tecnológico y científico es histórica y universalmente necesario, así como motor de la justicia y la igualdad sociales. Las evidencias más que contrastadas –no sólo a nivel teórico– que muestran la profunda falacia de tan optimista mensaje no parecen ser algo que deba ser tenido en cuenta. Pedirles que sea considerado el carácter ideológico –en el sentido en que lo usa Marx– de tales creencias parece incluso fuera de lugariii.

Kurzweil insiste en el carácter “democrático” de la tecnología: si bien reconoce que las innovaciones tecnológicas pueden ser en un principio caras para la mayoría, su desarrollo posterior supone siempre su abaratamiento, permitiendo el acceso a las mismas de casi la totalidad de la población (aunque nunca deja claro si incluye a todos los países o sólo a los “desarrollados”). Pero es que es precisamente ese acceso universal el que hace a la tecnología desplegar todo su potencial a la hora de diseñar y hacer dependiente de ella nuestras vidas. Las elites, en definitiva, no se crean a partir del carácter restringido del acceso a la tecnología, sino a su controliv.

No hay que mirar demasiado lejos para entrever la capacidad de dominación que tal tecnología podría suponer sobre todas las dimensiones del ser humano. La imposición de un modelo determinado de conocimiento basado en el acceso inmediato y la acumulación de datos controlados por las grandes compañías tecnológicas –convertidos en única fuente de conocimiento– supone la materialización más perfecta del concepto marxista de ideología: la privatización total y absoluta de nuestro pensamiento. Por otro lado, no es difícil imaginar lo que supondría un programa de espionaje informático como Prism –usado por EE.UU. con la colaboración activa de empresas como Google– en un contexto como el que pronostica Kurzweil: el panóptico foucoultiano más perfecto posible.

Paralelamente, privatizado todo lo necesario para que nuestros cuerpos tengan la oportunidad de seguir con vida (sanidad, comida, agua…), la singularidad tecnológica supondría la privatización de nuestra propia existencia física: nuestro ser biológico dejaría su lugar a ese “cuerpo tecnológico” evidentemente dependiente de las grandes corporaciones del sector.

Como buen previsor, Kurzweil ha dedicado los últimos años a que sus previsiones se cumplan. Su fichaje por Google es un paso más en ese camino autoprofético y una señal clara de lo que los poderes político y económico buscan: ir más allá de la privatización de lo necesario para la existencia y hacernos a nosotros y nosotras mismas productos de las grandes empresas de la tecnología, dependientes sin fisuras de sus intereses económicos.

i El propio Kurzweil se ve a sí mismo como una especie de profeta cuya misión es revelar un mensaje universal común entre él y las religiones de todos los tiempos. Así, en el documental El hombre trascendente sostiene: “Si analizas las implicaciones de mis ideas, ellas tienen similitud con algunas ideas tradicionales religiosas. La idea de una profunda transformación del futuro, vida eterna, traer de vuelta a los muertos, el hecho de utilizar la tecnología para alcanzar las metas que he dicho no es casual. Esta coincidencia está en todas las filosofías humanas, porque reflejan un objetivo de la humanidad”.

ii http://pijamasurf.com/2013/01/ray-kurzweil-planea-construir-una-inteligencia-artificial-para-google/

iii La primera formulación de la idea de progreso tal y como se desarrolla en la Ilustración se la debemos a Turgot (1727-1781) en su famoso Cuadro filosófico sobre los progresos sucesivos del espíritu humano de 1750. Paralelamente, Turgot, que llegó a ser ministro e Inspector General de Finanzas, fue uno de los fundadores de la escuela económica denominada “fisiocracia” y cuya propuesta resumían con la expresión laissez faire. Esta teoría defendía la existencia de una ley natural que regula la economía que, por tanto, debe funcionar al margen de la intervención estatal, anticipándose, por tanto, al fundador del liberalismo económico, Adam Smith.

iv Algo parecido podríamos decir de la democracia representativa: la universalidad del acceso al voto no ha supuesto en ningún momento el acceso a la toma de decisiones, siempre en manos de una elite.

 

*Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons

Autor: reexistencia

«Las elecciones pasan, los gobiernos pasan. La resistencia queda como lo que es, una alternativa más para la humanidad y contra el neoliberalismo. Nada más, pero nada menos» Subcomandante Insurgente Marcos

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