Del otro lado del Canal del dique y de la noticia de moda

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FE DE ERRATAS  Por: Jorge Panchoaga http://www.flickr.com/photos/panchoaga/5268309306/

“… Solo el esperar tener acceso a un computador para descargar las imágenes, ya habría enfriado el momento de lo actual, de la noticia y la primicia, esa dislocada idea de asumir que todo pasa una sola vez y tiene un tiempo limitado de vida informátiva, de boom mediático. Para los medios de comunicación todo tiene solo un momento, un hervor y pa fuera, como fritando empanadas para un publico hambriento de querer sentirse actualizado, lleno de la espumosa sensación de tener el presente en la cabeza, para debatir las suertes del mundo. El gentil hombre que me acompañaba a la lancha habría dejado de ser noticia prontamente, si acaso estadística, producto de venta informativa, para ser parte del pasado archivado; inventario de la imagen de una pobreza creada en el siglo XX que corroe la creatividad y la vida humana, haciéndonos cifras en base a acceso e ingresos anuales, una triste estadística del 70 % del mundo que no es “primer mundista”…”

Antes que la naturaleza rebosara con sus aguas las previas concepciones sobre una catástrofe humana dimensionada, ya muchas de las poblaciones de la costa Caribe estaban con el agua por encima del promedio habitual.

En Trojas de Cataca, Cienaga Grande del Magdalena, para los últimos días de octubre, ya estaban inundadas las 16 casas que habían vuelto a ser habitadas, por algunos de los valientes y honrosos lugareños que decidieron volver, luego de la masacre realizada hace algunos años por los paras que señalaban de guerrilleros a mas de un habitante, y sin sentido ni razón en sus señalamientos, una noche llego y mato a un montón de gente; un repetido y rayado fragmento de la historia que Fernando Estrada describió así:

“Por el sureste de los manglares se ve una luna llena. En una noche así, llegaron como 70 paramilitares en chalupas y lanchas marca Johnson, bien camuflados con prendas del ejército, armados hasta los dientes; para que fuera visible su temeridad, rodearon cada rancho y encendieron luces hasta que pareciera de día. Al primero que llamaron fue a Everth de la Hoz Mejía, de 22 años. No valieron de nada las súplicas de su suegro y su mujer. La cara le quedó como la de Juan Nepomuceno. Uno por uno, los pescadores suplicaban, rasgaban sus vestiduras, pedían perdón por haber nacido, pero la respuesta fue inmediata: “Ratas hijueputas, guerrilleros, sapos informantes”. Aquella noche mataron 37. Pero luego le daban plomo a quien se atravesara: remeros, mujeres jóvenes, cienagueros, muchachos y adolescentes. La sed de sangre se apoderó de los asesinos. Fue como la hora señalada.” (revista Número)

El ánimo, las vacas, las casas, todo estaba inundado en Trojas de Cataca. Si acaso se había acercado la lancha a una de las 16 casas que quedan en pie, cuando un gentil hombre me hizo bajar del vehículo flotante; me hundí bajo el fango y el agua mientras caminaba detrás de él, observando en silencio su tragedia, su malestar, describiéndome su historia paso a paso mientras me invitaba a seguir a casa. El agua exigía su espacio afuera bajo el sol, y en la penumbra de lo que estaba tras la puerta también lo hacia . Hasta la cama se devoraba la cienaga cuando entre; los perros hacían equilibrio sobre las sillas, la cuna, arquetipo histórico de la vida de un niño, colgaba del techo llena de objetos de la casa, las gallinas volaban sobre los palos que flotaban en el agua; él y yo nos mirábamos mientras hablábamos de las ayudas prometidas por las alcaldías, las gobernaciones, los noticieros y los políticos -esos que no pueden subirse a una butaca porque se olvidan para que los eligieron, los ataca la amnesia, y empiezan a sufrir la fiebre de la macro verticalidad social, padeciendo de la locura de tratar horizontalmente, únicamente, a los de su gremio y familia-.

Mientras de un fogón humeante, entre la oscuridad de una ramada, una olla dejaba ver la cola de un pescado derretirse ante la comeson de la temperatura, yo me aleje de la casa, explicando mis limitadas estrategias para ayudarle en ese momento; explique que ninguna foto estaría en un medio de comunicación como él lo pensaba. Solo el esperar tener acceso a un computador para descargar las imágenes, ya habría enfriado el momento de lo actual, de la noticia y la primicia, esa dislocada idea de asumir que todo pasa una sola vez y tiene un tiempo limitado de vida informátiva, de boom mediático. Para los medios de comunicación todo tiene solo un momento, un hervor y pa fuera, como fritando empanadas para un publico hambriento de querer sentirse actualizado, lleno de la espumosa sensación de tener el presente en la cabeza, para debatir las suertes del mundo. El gentil hombre que me acompañaba a la lancha habría dejado de ser noticia prontamente, si acaso estadística, producto de venta informativa, para ser parte del pasado archivado; inventario de la imagen de una pobreza creada en el siglo XX que corroe la creatividad y la vida humana, haciéndonos cifras en base a acceso e ingresos anuales, una triste estadística del 70 % del mundo que no es “primer mundista”.

No alcance a estar en Trojas de Cataca para enterarme si las ayudas llegaron. Un día después, en Zona Bananera, mientras la noche se extiende, un montón de personas hacen barra a uno de sus vecinos. El hombre corre con pequeños bultos de arena para cortarle el paso al agua, sus amigos y vecinos gritan a unos cuantos metros, sugieren algunas jugadas estratégicas para que no se le entre el agua a la sala y de paso al cuarto, al baño, a la cocina y le humedezca la intimidad familiar. Nos encontramos de pie sobre un montículo artificial de arena y tierra, construido para las vías del tren (un tren que no moviliza a nadie, “es tarifa exclusiva!; en los 105 vagones que pasan cada 15 minutos, solo se carga carbón” me dice un habitante del lugar). Desde esa avenida privada y exclusiva para el carbón, vemos como se inunda el pueblo. Centímetro a centímetro, el agua nos recuerda que estamos aquí bajo la negociación histórica que plantea la naturaleza: nos dejamos moldear mientras habitamos en ella, y la moldeamos mientras aprendemos a conocerla. Una relación en que la naturaleza siempre gana, pues termina exigiéndonos los átomos que hemos cultivado durante años, para retornarnos a su totalidad, renunciando a seguir siendo individuos, para volver a ella como alimento.

El agua sube; una mujer teje. Algunos niños se duermen en sus sillas, otros se aburren de ver el espectáculo de lo anunciado “la alcaldesa sabe desde hace meses que hay que construir un dique arriba en la curva, el dique que había se lo comió el río. Esto es crónica de una inundación anunciada” me dice Dairo, un amigo fotógrafo que vive en el lugar. Los otros como yo, nos sentimos ajenos, entregados a las luces que titilan sobre el agua, viajando por la eternidad de lo desconocido.

Dos días después un conductor de moto se quita el casco para avisar que hemos llegado a las compuertas del Canal del Dique. Veinte metros de reja y algunos indicios de maquinaria subterránea me hablan de aquellas puertas: las estructuras sugieren que pueden contener el paso del agua. Cinco metros después, un aproximado de 40 casas están sumergidas bajo el agua . La paradoja de unas compuertas para dominar la naturaleza se hace evidente: solo el hombre pretende detener el curso de lo inevitable. Somos un estornudo junto al palpitar de la tierra. Recuerdo a mi profesor de ecología histórica Guillermo Ospina, quien también me brindo sus conocimientos sobre formas de subsistencia tradicional, solía decirme: “si podes quedarte unos 8000 años viendo una montaña, vas a notar cómo va creciendo poquito a poquito”.

El sol es inclemente. Las velas, medicamentos, y shampoos de la única tienda del caserío están en la única nevera de la tienda. Camino por la carretera, recorriendo la única calle que se ve. Dejo que la curva que teje el asfalto guíe mis pasos. Observo a lo lejos a un grupo de mujeres con sus hijos. Están bajo una ramada y hablan agitadamente: “¿esas fotos son para que periódico?”, me gritan desde la distancia. No me permiten responder. Antes que pueda explicar algo, empiezan su salteado y corto relato. “esto está así hace como dos meses[…] tuvimos que sacar las cosas y hacer casas improvisadas. Mire, ahí estamos durmiendo dos familias” me indica, mientras señala con su mano la ramada junto a donde estamos. “La casa de allá la verdesita es la mía, me toco sacar todo […] acá nadie ha venido a hacer nada, ni alcaldía ni nadie, porque acá los de un municipio se echan la culpa al otro, entonces ni sabemos de qué municipio es que somos”. “¿y esas fotos pa que son?. Tómenos una foto del otro lado pa que se vea como esta esto de inundado.” “¿en que periódico vamos a salir?, a ver si así vienen a ayudar los del Gobierno”

Arleidis, Maite, Patricia, Jeidis, Eilin, Keisy, Josiris, Emiluz, Uscari y Jose Daniel, se pararon frente a mi cámara, mientras yo intentaba entender qué es lo que pasa en esa carretera. No tengo respuestas…. de momento, solo tengo algunos deseos.

Para ellos y para todos los que han tenido que vivir estos tiempos de agua espero que ilumine la luz de todas las estrellas, que les brinde las fuerzas para volver a vivir en su espacio o en el que decidan hacerlo. Espero que algún día cese la espera de un gobierno que no existe, de medios de comunicación que solo saltan para la noticia del momento y luego sufren de amnesia histórica. Que olviden a los políticos que solo saben prometer paternalmente para olvidar descaradamente. Espero que dejen de creer en los demás y empiecen a creer en ustedes mismos, a recordar que históricamente esto les paso a otros que estuvieron antes, y ellos mismos supieron entender la naturaleza, negociaron con ella a través de estrategias de acción y lograron subsistir. Espero que para mañana sea todo para ustedes, así como todo debe ser para todos.

Autor: reexistencia

«Las elecciones pasan, los gobiernos pasan. La resistencia queda como lo que es, una alternativa más para la humanidad y contra el neoliberalismo. Nada más, pero nada menos» Subcomandante Insurgente Marcos

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