La continuidad de una tradición familiar

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Alberto Rojas Andrade – Rebelión

Un reconocido periodista colombiano, Antonio Caballero, afirmaba que una de las reglas de oro en la política de su país era que a un Presidente de Colombia inexorablemente le sucedía otro mandatario, gobernando cada vez más en contra de los intereses de la mayoría de habitantes. Por lo tanto cada Presidente era peor que el anterior en el trato con aquellos que constituían teóricamente la razón de ser del gobierno, pero favoreciendo a los de la opulenta minoría; es decir el devenir de Colombia está marcado por una especie de sino mediante el cual el trato de los gobernantes a los gobernados es una pendiente hacia abajo, al parecer sin descansos ni puntos llanos.

La historia reciente de Colombia le da la razón a Caballero en muchos aspectos. El nivel social, cultural y económico de esta nación dista mucho de ser el que debiera poseer teniendo en cuenta sus recursos humanos, ambientales, económicos y su privilegiada ubicación continental. De conformidad con los parámetros internacionales más de la mitad de los habitantes del país son pobres y aproximadamente una quinta parte de la población sobrevive en la indigencia; esta nación lleva la pesada carga de albergar la mayor cantidad de personas desempleadas de la región. Como si fuera poco, el panorama se ensombrece aún más con unos cuatro millones de desplazados de zonas rurales resultado de crueles tácticas de guerra contrainsurgente empleadas por el gobierno local, a instancias de su ideólogo y patrocinador, el homólogo de los EE.UU.; el abismo entre ricos y pobres se ha profundizado aún más en la última década con las políticas de injerencia de este gobierno en Colombia [1] . Consecuencialmente los entes gubernamentales son utilizados fundamentalmente para maquillar estadísticas y así ocultar el deterioro social [2] .

En este punto es indispensable resaltar la inveterada nula independencia del gobierno de Bogotá desde inicios del pasado siglo a la fecha, frente a las políticas económicas y de guerra provenientes de todas las agencias de Washington, una situación a la cual se ha llegado tal vez como resultado de un patológico complejo de inferioridad de los oligarcas colombianos, luego de aquel doloroso robo de Panamá, como con certeza se denominaba en los inicios del siglo XX, al zarpazo de Teddy Roosevelt y los marines en 1903. Esto lleva a la vergüenza de que Colombia sea el único país latinoamericano al cual se le ha desmembrado una parte de su territorio para ser independiente, lo cual ocurrió sin oposición alguna de la oligarquía criolla, la cual continuó gobernando como si nada hubiera sucedido. El nacionalismo colombiano en estas circunstancias es apenas simbólico y referido a consignas abstractas y vacuas, impulsadas maliciosamente por campañas publicitarias, desvaneciéndose constantemente al ser contrastadas con los hechos tozudos.

En la superficie, aparentemente esta esquina noroccidental de Suramérica ha tenido un pasado diferente al de los restantes pueblos del subcontinente, con la ocurrencia de muy pocos gobiernos de facto, a diferencia de las dictaduras de todo tipo que han aquejado la región; no obstante, ningún otro país al sur del Río Bravo ha sufrido tan sangrientas y prolongadas guerras internas. Colombia ha padecido y padece aún una violencia mimetizada mediáticamente de forma calculada en los años más recientes. Empero es una democracia ‘modelo’ de acuerdo a las letanías provenientes de la Casa Blanca y la Moncloa. La remembranza de despiadados incondicionales de Washington como Tachito Somoza o de Leónidas Trujillo viene a la mente, sólo que en este caso existe una cuidadosa simulación, cuyo eje reside en la mudanza cíclica del jefe de estado y su burocracia insaciable acompañante.

Dentro de unas circunstancias como estas el cambio de gobernantes en esta nación, es un incidente hasta el presente simplemente revalidador del dominio de un grupúsculo voraz, el cual se estima así mismo como poseedor incuestionable de vidas, tierras y fortunas; es decir, cada determinado tiempo sucede una oxigenación en la conducción de la máquina estatal a cambio de mantener aplicadas las instrucciones entregadas desde el exterior. La continuidad de este brutal dominio con antifaz de democracia, ha sido cada vez más avalada por el imperio del norte, quien impone con cansado disimulo condiciones y tiempos de las entregas materiales.

Otra de las características del sistema de gobierno en Colombia es la férrea continuidad de clanes o familias en el ejercicio de la administración, pues allí están desde hace varias décadas apellidos como Gómez, Lleras, López, Pastrana, Santos, más recientemente Gaviria o Galán, los cuales se han erigido o están por erigirse como centros de ejercicio del tráfico de influencias y clientelismo custodiando privilegios muy rentables que en algunos casos se acercan al siglo de su ejercicio. Si bien han existido gobernantes provenientes de fuera de estas familias, han ascendido al poder mediante el apoyo, la alianza, o colaboración de aquellas, como es el caso del mandatario saliente Álvaro Uribe, sin duda parte de las más urgentes imposiciones del norte para el inicio del presente siglo. En la llamada izquierda local por ejemplo, el actual Alcalde del Bogotá y con aspiraciones presidenciales en un futuro, Samuel Moreno Rojas, es nieto del dictador Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957), y como en el caso de los miembros de las anteriores familias nombradas, el descender de un expresidente es su más destacada carta de presentación dentro de su carrera política.

El cambio de Presidente en Colombia invariablemente implica en estas circunstancias una especie de renovación al interior de las élites locales en la protección de los intereses económicos y políticos del capital estadounidense y español fundamentalmente, una variación necesaria debido al desgaste causado por las inclementes imposiciones a la población y la correlativa represión de esta ante la inconformidad generada. Es la puesta en escena de un testaferrato como ocurre en sitios tan alejados como Afganistán, Iraq o Kosovo.

La familia Santos de donde procede el presidente electo Juan Manuel Santos, desde sus orígenes públicos ha sido un paradigma de lo contrario al nacionalismo y la independencia. Eduardo Santos (Presidente 1938-1942) el patriarca del clan y tío abuelo de Juan Manuel, fue catalogado por otro oligarca local como Alfonso López Pumarejo como un entreguista de la soberanía colombiana [3] . En su momento la poca modestia de aquel Santos lo lleva a autoproclamarse consejero del Presidente Franklin D. Roosevelt, a la vez de practicar una adulación tan desproporcionada como para expresar sin sonrojo alguno que la muerte de este en 1945 constituía un “irreparable daño para el universo”, o vanagloriarse de ser amigo de un personaje tan contrario a los intereses latinoamericanos como Nelson A Rockefeller [4] . Eduardo Santos es el primer presidente criollo que hace acuerdos públicos y secretos con el gobierno de EE.UU., resultantes en meros pactos de adhesión a la potencia; autoriza la cesión de bases colombianas y la presencia de militares estadounidenses [5] . Adicionalmente, defiende la tesis de un sistema de seguridad colectiva para América Latina, incluso para los tiempos de paz donde el subcontinente se convertiría de facto en una gigantesca base militar gringa [6] .

En el terreno del periodismo y las letras la familia Santos es poseedora en un país de ostentosos monopolios, del único periódico colombiano de carácter nacional, El Tiempo, de muchos diarios regionales y del único canal de televisión privado regional del país (La llamada Casa Editorial El Tiempo que engloba estas propiedades hace unos años fue adquirida mayoritariamente por el grupo español Planeta), dejando mucho que desear en el cumplimiento de los más elementales deberes del oficio de comunicar, pues es conocido en Colombia su tradicional vocación de defensa férrea de todos los gobiernos cualquiera sea su tendencia (por supuesto capitalista), que los ha llevado hasta el fulminante despido de periodistas críticos de gobiernos sospechosos de corrupción por exigencia expresa de estos [7] . Sobre la calidad de los textos periodísticos de miembros del clan Santos es poco lo por exhibir. No obstante, otro de los miembros, Enrique Santos Calderón (hermano del Presidente electo), es el presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa SIP, órgano de los dueños de los grandes diarios del continente, desarrollado y apoyado en la actualidad por diversas agencias del espionaje gringo, asunto este que por demás se ha tornado con el tiempo en un hecho ostensible.

J.M. Santos, quien por su parte afirma ser amigo del exPrimer ministro británico Tony Blair, es sencillamente un vástago de las tradicionales familias oligárquicas criollas, y sus características personales le describen sin duda como el más cínico, arrogante, y despiadado de toda esta generación; es de suponer que los tiempos exigen estas calidades del personaje pues lo que se encuentra en juego es mucho para los dueños del espectáculo allende los mares.

El jefe de estado colombiano que entra en funciones este 7 de agosto de 2010, electo con casi un 60% de abstención y numerosas denuncias de irregularidades en la contienda electoral, dentro de un ambiente de control social violento y todas las formas conocidas de manipulación, nunca antes se había postulado para cargo alguno de elección popular puesto que su carrera política se ha sustentado en nombramientos basados en su apellido, deambulando los últimos veinte años por los gobiernos de las diversas tendencia neoliberales tradicionales y de los nuevos partidos reaccionarios. Sin embargo, J.M. Santos ha dejado huellas de su andar; ha sido acusado de golpista, patrocinador de grupos paramilitares, de propiciar y ocultar asesinatos de las fuerzas militares, entre otros cargos de menor importancia que le permiten ascender ante sus mentores, como el ser un embustero compulsivo [8] . Su más notable aparición a nivel internacional hasta hoy, es la de haber participado en la agresión a Ecuador del 1° de marzo de 2008. En Colombia hasta sus más cercanos le tienen por ser un personaje carente de escrúpulo alguno para alcanzar sus metas, y no menos pueden esperar sus mentores. Es una conclusión razonable el afirmar que por ello lo encumbraron allí.

En los tiempos actuales las tendencias pasadas de esta familia Santos se han acentuado, manifestándose en los procederes de miembros tan bufos y locuaces de la misma como el actual Vicepresidente colombiano Francisco Santos (primo de Juan Manuel) acusado por líderes paramilitares de ser uno de sus apoyos, o en el talante periodístico de otros como Alejandro Santos Rubino (hijo del presidente de la SIP y sobrino de Juan Manuel), director de la revista derechista Semana (de propiedad del actual primogénito del clan López), que se dedican a defender abierta o subrepticiamente, como sus antepasados, el gobierno de turno dentro de él o fuera, esta vez en cabeza del primo-tío, y el ignominioso protectorado al cual es sometido su país, aplastando sin miramientos cualquier atisbo de deontología periodística o de sencilla honestidad humana.

Como hace poco más de un siglo cuando perdió a su provincia, Panamá, Colombia se ve una vez más sometida a actos belitres que le conducen a entregar parte de su territorio a la misma potencia que le asaltó entonces, en esta ocasión materializada en la creación de bases gringas en territorio nacional. De ello también participan los Santos en cabeza de quienes desempeñaron cargos en el gobierno saliente como Francisco y Juan Manuel; la tendencia es ya una tradición familiar.

De acuerdo a lo anterior, la labor del clan para los próximos años parecería ser la de aclimatar la entrega de soberanía y proyectarla a los nuevos acontecimientos impuestos por el gobierno de Washington. Tal vez como en tiempos de Eduardo Santos, la familia debe servir de amanuense de los dictados del norte, por esta época con osadía e insolencia en caso de una guerra de grandes proporciones a nivel global o regional. Juan Manuel, ha hecho meritos de sobra para ser ungido representante de intereses foráneos, desarrollando una carrera de histérica animadversión con gobiernos contrarios al dominio imperial, como es el caso del venezolano en cabeza de Hugo Chávez Frías, al cual no ha vacilado en catalogar en documentos atiborrados de adjetivos no sustentados de resentido, tirano, totalitarista, acusándolo directamente de ser una amenaza para Colombia [9] , de manera idéntica a los postulados del Departamento de Estado gringo.

Estas diatribas de J.M. Santos contra el presidente venezolano coinciden con el escalamiento del dominio del poder imperial sobre la esquina noroccidental de Suramérica, el cual ha adquirido tales visos, que por estos días en Colombia son observables militares estadounidenses en uniforme (identificables por su aparatoso parecido con aquel personaje del caricaturista Fontanarrosa llamado Boogie El Aceitoso), paseándose petulantemente por las calles de las ciudades donde se encuentran bases o en la misma Bogotá. Los cuerpos armados nativos de su parte han adoptado todos los estilos y colores de los uniformes imperiales; de hecho los militares criollos reciben órdenes de sus pares rubios como parte de una costumbre impuesta y ya perceptible.

La subyugación a la cual se somete el pueblo colombiano tiene como una de sus tácticas primordiales su aislamiento frente a los pueblos hermanos y vecinos e incluso del resto del mundo. Es muy diciente que los colombianos, los cuales a finales del siglo XX podían viajar a 39 países sin requerir visado, ahora puedan hacerlo apenas a 12, y por supuesto ni EE.UU. ni España son parte de esta docena. En esto son significativas las declaraciones del Presidente electo, respecto a que Colombia debía imitar a Israel. Es evidente que uno y otro país están aislados de sus vecinos amenazándolos como en el caso venezolano o atacándolos como le ocurrió a Ecuador; Israel ha hecho lo propio con Líbano, Palestina, Iraq, Siria, etc. Santos entonces dentro de sus tareas básicas asignadas posicionaría aún más a Colombia como la ‘Israel de Suramérica’.

Es un triste el destino para los habitantes de aquella nación en la cual hablar de las cifras de muertos, desaparecidos, heridos, desplazados, exiliados, amenazados, etc., resulta ser una obscenidad encubridora del padecimiento individual y colectivo, dada la magnitud, intensidad y duración de las estrategias de control social empeladas sobre la población. En este contexto es imposible exponer como democrático a un país como Colombia, sin redefinir el concepto de gobierno del pueblo de más de dos mil quinientos años de antigüedad.

Uno de los retoños Santos, esta vez Juan Manuel, continuando con la tradición familiar, estará en el cargo de Presidente de Colombia para garantizar sin contratiempos la práctica de los planes pentagonales y en general de la burocracia bélica imperial; los restantes miembros del clan, cada uno en su lugar, le secundan en la ardua tarea. Todos a una, como en Fuenteovejuna.

En la práctica serán sentidos algunos cambios en la administración pública. Habrá acaso menos mala redacción en los documentos oficiales, menor rusticidad de los embajadores, o un se verá un descenso en las personas con relaciones con el tráfico de sustancias ilegales visitando el palacio presidencial de Bogotá, no obstante en lo sustancial, poco o nada cambiará. La política interna y externa del gobierno del Santos gobernante en el siglo XXI ya está fijada de antemano lejos de Colombia; la horrible noche se prolongará aún más para esta nación, empero esta vez amenazando con alcanzar con su lúgubre penumbra todo ese trozo de América Latina que le rodea. Será necesario contradecir los designios del norte por el bienestar de estos pueblos.

Contacto: albertorojasandrade@hotmail.com



[1] http://www.noticias.com.co/2010/04/21/colombia-aun-esta-lejos-de-ganar-la-lucha-contra-la-pobreza/

Notas

[2] “ Carla Sánchez vive en zona rural de Puente Nacional, Santander y aunque sus facturas de energía y agua dicen que es estrato 2, ella se considera estrato cero. “Antes medianamente mis tres hijos y yo teníamos para comer, pero la pobreza aumentó, los cultivos ya no dan nada, no hay trabajo y apenas tengo para un poquito de sopa al día. No soy estrato dos, estoy rayando en la miseria.”” Vanguardia. Febrero 14 de 2010. http://www.vanguardia.com/informes/negocios/53402-la-pobreza-en-colombia-no-cede

[3] Citado por César Torres del Río en El Presidente Eduardo Santos y La Nueva Política Exterior de Colombia. CEI. Universidad de Los Andes. Documentos Ocasionales. Julio-Agosto de 1989. Pag.6

[4] Eduardo Santos. Mis conferencias con el Presidente Roosevelt y los Planes de Organización Militar Interamericana. Revista de América. Vol. 10 N° 28 Abril de 1947. Pag.5, 6

[5] Cesar Torres Del Río. Grandes Agresiones Contra Colombia. Ediciones Martínez Roca S.A. Pag. 211 ss.

[6] Eduardo Santos. Mis conferencias con el Presidente Roosevelt y los Planes de Organización Militar Interamericana. Revista de América. Vol. 10 N° 28 Abril de 1947. Pag.4

[7] Lucas Caballero ‘Klim’. La Segunda Esperanza: Selección de Artículos Periodísticos 1973-1981. El Áncora Editores. Bogotá 1982. Pag.98, 127.

[8] Sobre el golpe de estado contra Ernesto Samper Pizano ver: http://www.elespectador.com/noticias/judicial/articulo199342-mancuso-acusa-juan-manuel-santos-de-convocarlos-derrocar-samper ; acerca de los asesinatos por parte de los militares y su relación con J. M. Santos ver http://www.cinep.org.co/node/809 ; en relación a sus permanentes falacias ver http://www.caracol.com.co/nota.aspx?id=433682

[9] Arde Venezuela… y puede quemar a Colombia. Revista Diners. Vol. 41 Número 409 abril 2004. Pag 14 ss. http://www.revistadiners.com.co/noticia.php3?nt=23970

Autor: reexistencia

«Las elecciones pasan, los gobiernos pasan. La resistencia queda como lo que es, una alternativa más para la humanidad y contra el neoliberalismo. Nada más, pero nada menos» Subcomandante Insurgente Marcos

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