El charco verde, Antonio Caballero

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Era apenas una ola, como acertadamente lo llamó la prensa, en cuya cresta, como un improvisado surfista, iba encaramado Antanas Mockus.

Como pirañas sobre una vaca, todos los políticos de todos los partidos se precipitan a respaldar al vencedor Juan Manuel Santos en su prometido gobierno de unidad nacional. Es decir, a disputar a dentelladas su cuota parte de los presupuestos y de los puestos. Todos: desde los del PIN de la cárcel de La Picota hasta los liberales hambreados, presas del síndrome de abstinencia burocrática. Los conservadores, esos que siempre han sido ‘el partido ministerial’ : el partido de los partidarios del gobierno. Los de Cambio Radical, que vuelven a cambiar radicalmente, como las veletas cuando cambia el viento. La U, naturalmente: el partido de Uribe, que no tardará mucho en desembarazarse de su único lastre, que es el propio Uribe: el peso muerto de un ex presidente sin poder. Como en las Rimas de Bécquer: “¡Qué solos se quedan los muertos!“.

Así que nos quedamos otra vez sin oposición. La habrá bajo Santos todavía menos que bajo Uribe. Entramos otra vez en un régimen de partido único, por decirlo así, como el que ha vivido Colombia casi siempre: el pantano del Frente Nacional, con los resultados que puede ver cualquiera que saque la cabeza del tibio fango. Con tres o cuatro excepciones de dignidad entre los liberales, y, por supuesto, el Polo Democrático, se mantiene la tradicional unidad de “las mayorías”: la unidad de los elegidos, no de los electores.

Desde aquí puedo oír la objeción de los partidarios más ilusos y más cándidos de los Verdes: para hacer oposición están ellos, los Verdes. Pero no es así.

Los Verdes no serán oposición al gobierno de Santos en primer lugar por una perogrullada: porque no son oposición. Siempre fueron uribistas, y a lo largo de las dos campañas electorales (la del Congreso y la presidencial) no han hecho otra cosa que insistir en que siguen siéndolo: en el terreno de la ‘seguridad democrática’, en el de la ‘cohesión social’, en el de la ‘confianza inversionista’ : los tres huevitos, que en mi opinión son de víbora, que lleva ocho años empollando Uribe. En su programa económico iban en el neoliberalismo incluso más lejos que el mismo Santos. Y no serán oposición, en segundo lugar, porque no existen.

No existieron nunca. Ese ‘Partido Verde’ que le tomaron en alquiler a un político boyacense no fue nunca, para empezar, ‘verde’ en el sentido político que tiene el adjetivo en el mundo: o sea, partidario del ecologismo, de la conservación de la naturaleza, y enemigo de los excesos destructores del capitalismo, particularmente en su versión neoliberal. Se llamó ‘verde’ simplemente porque ese color estaba sin usar, como lo estaba por ejemplo el anaranjado que fugazmente ensayó Santos. Y no solo no era verde sino que tampoco era partido, y ni siquiera movimiento. Era apenas una ola, como acertadamente lo llamó la prensa, en cuya cresta, como un improvisado surfista, iba encaramado Antanas Mockus.

(Un detalle curioso que descubrí por casualidad en el Diccionario Ideológico de Casares, buscando equivalentes para la palabra ‘retractarse’ : se dice “llamarse antana”. Y luego, verificando ese “llamarse antana”, encontré esta definición en el Diccionario de María Moliner: “hacerse el desentendido, no atenerse a una promesa u obligación cuando llega el momento de cumplirlas”. Como descripción de un político profesional común y corriente me parece difícilmente superable).

De esa ola verde -para no perder el hilo de la metáfora- no conozco el destino final con certidumbre, pues esto lo escribo en vísperas de la segunda vuelta electoral (aunque sale publicado después). Pero doy por hecho que no ganó, que era lo único que le hubiera podido servir para sostener su ímpetu. Y no teniendo ya para mantenerse unida y en marcha el pegamento del poder, se deshará, se secará, como se deshace y se seca, o se lo chupa la arena, o se pudre, el charco que una ola que se estrella deja en la playa.

Por eso, porque no existirán, los Verdes no podrán ser oposición (además de no serlo). Y la oposición es un elemento fundamental de cualquier régimen, no diré ya democrático, sino vivible para el hombre. Nos queda solo el Polo, que tuvo la sensatez de no dejarse embaucar por el embeleco de los Verdes. El Polo es la única posibilidad de oposición, porque es la única opción de cambio. Espero que el voto en blanco, y no la mera abstención neutra e inerte, haya reflejado el poder de la inconformidad. Porque no creo que, aunque todos los políticos se hayan colgado de los faldones de Santos, el país sea santista. No puede ser tan tonto

Semana.com

Autor: reexistencia

«Las elecciones pasan, los gobiernos pasan. La resistencia queda como lo que es, una alternativa más para la humanidad y contra el neoliberalismo. Nada más, pero nada menos» Subcomandante Insurgente Marcos

Un pensamiento en “El charco verde, Antonio Caballero

  1. “Olivos y Aceitunos Todos Son Unos” de Jose María Vergara y Vergara, novela del escritor y critico literario colombiano de finales del XIX, recoge ya en el título lo que parece ser la maldición colombiana: la lucha rapaz por el poder, agenciada desde la rancia y corrupta clase política colombiana, que en su voraz apetito cierra de nuevo filas para impedir la expresión de la oposición política en Colombia, cosa que no sólo logra a través de estos acuerdos político-institucionales sino encuadrando a un electorado cautivo -literalmente- algo ingenuo y muy confundido a partir de la presentación de la contienda electoral como una competencia abierta y democrática que creó la ficción de la elección. A pocos dias de la celebración de la “Independencia” no deja uno de preguntarse cómo es que aún no hay en Colombia oposición después que tanta sangre ha pasado por debajo de este puente, cómo es que aún las estrategias de estigmatización y satanización de la izquierda tienen tal eficacia entre la gente del común que por otra parte la oposición se esfuerza en representar, cómo es que muchos de los progres en Colombia son de derecha o están definitivamente confundidos. Como dijo en su momento la Pola “Pueblo indolente distinta sería vuestra suerte si conocieraís el precio de la libertad”, atravesados por mil colonialismos y un poco desde la perplejidad sólo me queda insistir en que esta nuestra historia se entiende sólo a través del realismo mágico y que este pais del que ya sólo somos jirones ¿entregará lo poco que le queda? Recuerdo en estos momentos el estribillo de una canción, “por cierto, dice…hacemos buena pareja tú le pegas y ellos se dejan”, se me ocurre que podríamos cambiar el himno nacional utilizando como inspiración la melodia no?

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