Es peor Santos, Antonio Caballero

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Siempre nos ponen las elecciones en Colombia a escoger entre la peste y el cólera. Esta vez nos ofrecen a Juan Manuel Santos y a Antanas Mockus.

Nunca he compartido los entusiasmos bobalicones que despierta el exhibicionismo autoritario de Mockus. Ni cuando mostró el culo en la Universidad, ni cuando sacó mimos y volatineros a brincar por las calles, ni cuando se casó montado en un elefante, ni cuando pidió perdón metido en una fuente, ni cuando adornó en Nochebuena los cerros de Bogotá con un modelo gigante de su propio puño en ademán de triunfo, ni cuando se vistió de zanahoria, ni ahora, cuando, como siempre, no dice nada y se enreda diciéndolo. Y no me gustan mucho sus acompañantes. Ni Sergio Fajardo, tan vacuo como una Noemí de bluyines, que adelantó su propia campaña sobre una doble negación vacía: ni uribista ni antiuribista. Ni Enrique Peñalosa, que fue el candidato de Álvaro Uribe a la alcaldía de Bogotá. Ni Lucho Garzón, que es un histrión (otro histrión).

Pero Santos es peor.

Santos tiene todos los defectos y encarna todos los peligros del uribismo, del cual ha sido poderoso ministro de Defensa y acucioso organizador del partido uribista de la U, armado con la hez de la politiquería. Si es verdad que es uribista -pues también ha sido pastranista y samperista, o lo que en cada momento haya creído oportunistamente conveniente: comportamiento que él llama “no ser imbécil”, cosa que, en efecto, está muy lejos de ser-, si es verdad que es uribista, si su uribismo es sincero, es mala cosa: están a la vista los nefastos resultados de ocho años de ‘seguridad democrática’ (más guerra), ‘confianza inversionista’ (mayor dependencia) y ‘cohesión social’ (polarización política y ensanchamiento de la brecha económica entre ricos y pobres). Pero además a ese uribismo, que sólo sería bueno si fuera mentiroso (y puede serlo), Santos le suma sus taras y defectos propios: su santismo, que se cifra en la carencia de principios, y también de fines, para interesarse sólo por los medios, los cuales radican en su falta de escrúpulos. Santos no se detiene ante nada, porque “retroceder no es una opción”.

De cumplirse la férrea ley histórica muchas veces expuesta aquí por mí, según la cual en Colombia todo presidente es peor que el anterior, Juan Manuel Santos, si ganara, sería aún peor que Uribe (y sólo un tercer período de Uribe hubiera podido ser peor que uno primero de Santos, abismo del cual felizmente nos libró la Corte Constitucional). Peor que Uribe, porque es Uribe, más Santos. Y encima ahora coquetea con Germán Vargas Lleras, que es tal vez el único dirigente político situado a su derecha, que es la derecha de la derecha: un payaso mussoliniano (un pleonasmo) cuya gritería marcial complementa la suavidad de muñeco de porcelana del otro compañero de Santos, Rodrigo Rivera, frustráneo candidato presidencial del partido de los presos de La Picota, PIN.

Por añadidura (aunque tal vez por exceso de avispamiento), Santos también lleva en su equipaje a Angelino Garzón, que en otros tiempos fue sindicalista. El más demoledor retrato que se pueda hacer de un esquirol lo trazó el propio Santos al presentarlo como su candidato a vicepresidente:

“Cuando fue ministro de Trabajo y yo de Hacienda (de Pastrana) pudimos trabajar juntos y comprobé su lealtad con los principios superiores de la patria (cuando) sacamos adelante unas reformas duras pero necesarias. (…) Cuando fue gobernador del Cauca (…) comprendió y apoyó la política de seguridad democrática. (…) Con igual convicción defendió el interés de Colombia en el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos (y) luego, como embajador en Ginebra (ante la ONU), se ganó el respeto de todas las organizaciones gubernamentales y no gubernamentales dedicadas a la defensa de los derechos de los trabajadores y de los derechos humanos en general. En este campo, Angelino podrá desarrollar el trabajo fundamental de borrar la imagen tan negativa que en esos frentes injustamente se ha querido difundir”.

Tal vez no cuente Angelino para ello con el respaldo de los sindicalistas asesinados o de las víctimas de los casi dos mil ‘falsos positivos’ de las Fuerzas Armadas. Pero sí tiene la bendición del cadáver insepulto de Enrique Gómez Hurtado (el hermano del difunto Álvaro, el hijo del difunto Laureano), quien, tras adherir brazo en alto a la candidatura santista, absolvió a Angelino de sus pecados pasados diciendo que “aseó de marxismo leninismo y de tosco ateísmo tanto su mente como su corazón, hace años, y es un nuevo conservador de ideas liberadoras que cada día encomienda su vida al santo Cristo Milagroso de Buga”.

Santos también. Y acompañó a Angelino, de rodillas y ante fotógrafos, a orar postrado en el templo de Buga. No porque sea creyente -no cree en nada distinto de su propia fortuna-, sino porque no retrocede ante ninguna demostración de demagogia: en eso es más uribista que santista. Retroceder no es una opción.

Lo dicho: es mejor Mockus. (O por lo menos es distinto).

Autor: reexistencia

«Las elecciones pasan, los gobiernos pasan. La resistencia queda como lo que es, una alternativa más para la humanidad y contra el neoliberalismo. Nada más, pero nada menos» Subcomandante Insurgente Marcos

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