Pero… ¿cómo es posible?

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Pero… ¿cómo es posible —se preguntaba— que el presidente hable ahora de un “estado de opinión” como fase superior de un estado de derecho? Hacía ya días que venía repitiéndolo una y otra vez con tal compulsión que los súbditos del reino creyeron que al presidente, a lo mejor, la cabeza no le funcionaba bien. Eran ya años de cometer exabruptos, de mentir sin la más mínima vergüenza, de atentar contra quienes un día le habían confiado sus destinos… quizá todo ello empezaba a manifestarse en la forma de una locura precoz.

El poder corrompe y, si tal es su naturaleza, la explicación de esta actitud había que buscarla entonces en el uso desmedido y caprichoso de esa cosa que llaman poder, pero… por otro lado era posible que él fuera tan consciente como cualquiera del peligro que la palabreja, sacada a última hora de la manga de su saco, implicaba.

Total, pensaría que no era más que un recurso necesario para acaparar por un poco más de tiempo todos los privilegios que se derivaban de su posición y sin embargo… —cavilaba él— ¿por qué la gente del reino estaba como hechizada con la figura de aquel presidente que insistía en manejar todos los asuntos del reino como si de su patio trasero se tratase?

Sospechaba que tantos años de abnegada sumisión, no sólo a este pequeño dictador sino a tantos otros que ya nadie recordaba, les había dejado sólo resignación y apatía.

¡El más terrible espanto se apoderó de él al pensar por un momento que, tal vez, ellos mismos, enfermos también de una rara dolencia —abulia, le decían— hubieran reforzado la enfermedad del presidente-dictador! Porque era ya claro que su tez empezaba a transformarse tomando un tono grisáceo muy parecido al de aquellos hombres que en la frontera sur del reino una vez no hace mucho tiempo habían sometido sus pueblos a terribles vejámenes después de los cuales, la gente nunca más volvió a ser la misma.

No soñaban ya más con un mundo mejor, parecía que nacían viejos y sin esperanza, sus niños se convirtieron en adultos antes de tiempo y conocieron en carne propia un reino de desolación, hambre y tristeza. ¡La cosa francamente era alarmante! Terribles escalofríos se apoderaron de todo su cuerpo, hasta sus huesos sintieron un frío sepulcral, no era para menos…

Pero él, como siempre se abandonó una vez más a sus pensamientos intentando contener los temblores que de su cuerpo se apoderaron.

Rememoraba épocas pasadas cuando este mismo presidente y algunos más les habían asegurado que eran ellos —el poder popular— los depositarios directos de la soberanía. Constituyente primario les decían cuando aparecía algún que otro doctor que, con ánimos de granjearse unos cuantos votos, les daba palmadas en la espalda y les saludaba de mano, como si entre ellos ni una sola diferencia existiera.

Uhmmmm!, pero eran bastantes. Él lo sabía y para empezar sólo habría que hacer cuentas de cuánto ganaba uno de estos doctores que —una vez elegido— se olvidaba de aquellos por quienes se suponía estaba allí en el sitio ese donde se cree que los elegidos velan por los intereses de este pueblo ya cansado de tantas veces que ha sido traicionado.

Y ahí sí que las diferencias aparecían. ¿Qué haría esa rara gentecilla con tanto dinero? Estaban enseñados a acapararlo todo… Pensándolo bien dejaban tras de sí los restos de tantas y tantas vidas y otros tantos y tantos sueños que el ambiente se hizo para él por unos instantes más opresivo, asfixiante… Se los imaginaba caminando por el reino con un extraño semblante, algo famélicos y siempre absortos, tras ellos los huesos de los súbditos se desparramaban por el camino. ¡Qué horror! Esa maldición por siempre los perseguiría y desde entonces cada vez que uno de ellos aparecía, justo detrás y como por arte de magia una hilera de huesos le perseguía. ¡No lo olvides —se repetía así mismo—, no sólo cuerpos sino también sueños! Ellos todo se lo llevan.

¿No se suponía que este reino había sido creado para que todos pudiésemos vivir en él no sólo en paz sino también sin hambre, con educación, salud, un poco de recreación y —¿por qué no?— con una vivienda digna y también trabajo bien remunerado, un medio ambiente sano, sin que las diferencias de clase, etnia, religión, preferencia política y orientación de género fueran un motivo para excluir y eliminar, para desconocer y atropellar?

¿Para qué vivimos en sociedad? —reflexionaba él a la vez que deambulaba por los meandros de sus pensamientos—. Dada la situación no lograba dar con una respuesta coherente ni creíble ya que todo esto era un grandísimo despropósito. Los dirigentes de este reino llamasen como se llamasen manipulaban —eso sí, con el auxilio manifiesto de algo que ellos mismos denominaban cuarto poder—. ¡Ah sí! Los llamados medios masivos de comunicación colaboraban haciendo y vendiendo mentiras o al menos haciéndolas a ojos de todos más creíbles, más llevaderas.

Y era tal el éxito de su empresa —la manipulación— que de cuando en cuando lograban que el pueblo se volviera contra él mismo usando y abusando de palabras con las cuales la gente creía se les estaba reconociendo y se les estaba tomando en cuenta por fin en este reino. Unos y otros, a veces al unísono, parloteaban y parloteaban sobre algo llamado interés general, ¡pero claro! lo hacían no por interés general sino para poder enarbolar sin resistencias los más odiosos e inconfesables intereses particulares. ¡Ah! ¡Cuánto abuso, cuánta grosera manipulación! Y todos como si nada, como si cada día fuera uno nuevo. Recordaba a un escritor que algún día en otro reino había sido premiado por sus obras y en una lograba describir con tal capacidad visionaria lo que allí les sucedía que pensó… ¡Sí definitivamente! Todos sufrimos de amnesia y llegará un día en el que tendremos que poner etiquetas a las cosas para saber qué son y para qué sirven. ¡Sí señor! Éste era un extraño caso de amnesia y ceguera colectiva.

Amnesia por lo ya acaecido y ceguera por lo que estaba sucediendo. Pero si es normal, la gente que como él trabajaba para que este reino existiera lo hacía de sol a sol con cada gota de sudor y sin saberlo —o tal vez sólo intuyéndolo— protegían los intereses y el poder de aquéllos que sólo los exprimían hasta el cansancio sin tan siquiera darles algo a cambio, ¡cosa rara ésta! El interés general tal y como él lo veía no era tan general y la igualdad de la palmada y la mano no era después de todo tan igual.

Atrapados en una maraña de poderes, los súbditos de este desgraciado reino, no lograban ver a dónde se dirigían y ¡para colmos! a veces entre ellos se peleaban, sólo por ello era posible que el soberano y su corte dieran rienda suelta a cada uno de sus pequeños caprichos. Pero ya llegaría el día —pensaba él con placer— en el que los súbditos gritarán que el emperador desnudo va.

Autor: reexistencia

«Las elecciones pasan, los gobiernos pasan. La resistencia queda como lo que es, una alternativa más para la humanidad y contra el neoliberalismo. Nada más, pero nada menos» Subcomandante Insurgente Marcos

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